Modificaciones electorales: la próxima trama del castrismo
El pretender captar el pulso que mide la voluntad del ocupante de la
Casa Blanca, en todo momento, ha sido una obsesión del régimen cubano
Julio M. Shiling, Miami | 20/01/2016 1:43 pm
El despotismo castrocomunista ha convertido en una industria el arte de
confabular, atrevida y descaradamente. Su mayor reto siempre fue la
durabilidad dictatorial, reposando sobre una ideología que apuntaba
concretar los delirios generalizados de Rousseau que Marx y Engels
supieron pulir y Lenin le añadió la coherencia práctica. La
implantación, primero, de un régimen totalitario de corte comunista y
luego su supervivencia, en plena Guerra Fría y a 90 millas de la
antítesis sistémica y el soldado más apuesto en el bando contrario de
esa contienda, no ha sido cosa fácil.
Cincuenta y siete años de dictadura ininterrumpida y sin
arrepentimientos, es prueba que el castrismo ha sabido jugar el póquer
de las relaciones internacionales a su favor, con mucha astucia. El
control poblacional doméstico lo lograron con una mezcla criolla de
terror (duro y suave), dádivas selectas y una propaganda majestuosa.
Para el exterior, tanto la diáspora como el mundo libre, la distorsión
de la realidad y la manipulación de las circunstancias, han sido
permanencias en la racionalización estratégica del comunismo cubano.
Nunca han escatimado los recursos necesarios para intentar asegurar que
en ese juego de cartas global, las jugadas puedan ser predecibles y
seguras. Espías y una gama de cortesanos han sido las fichas preferidas
para intentar modular los acontecimientos en el orbe democrático, pero
muy en especial, en Estados Unidos.
El pretender captar el pulso que mide la voluntad del ocupante de la
Casa Blanca, en todo momento, ha sido una obsesión de la dictadura
cubana. No es esta una obstinación meramente caprichosa. Tiene su
sentido. Tanto el comunismo internacional como el cubano, han tenido
experiencias muy diferentes dependiendo de quién ha sido el presidente
norteamericano. John F. Kennedy dejó el legado de Playa Girón, el Muro
de Berlín, Vietnam y la colocación de misiles nucleares ofensivos
apuntando a territorio estadounidense (luego removidos a cambio de la
reciprocidad en Turquía y un infame pacto no escrito de tolerancia).
Jimmy Carter fue testigo bajo su reloj del banquete rojo en Centro
América, las aventuras castristas en Angola y otras partes de África,
Afganistán, el Mariel, el ascenso del islamismo radical chiita en Irán,
et al.
Con Ronald Reagan, el ensayo de vida para los comunistas fue muy
distinto. La política post Segunda Guerra Mundial de contención fue
sustituida por una de reversión. Se cayó el comunismo soviético, el
sandinismo, se salvó El Salvador, pararon las operaciones bélicas
castristas en África, etc. En Granada vimos, con claridad, la valentía
del comunismo cubano en ejercicio, cuando tiene delante a un presidente
norteamericano comprometido con la promoción de la libertad y la
voluntad para llevarlo a cabo. El hecho de que el actual presidente
estadounidense sea antitético a Reagan, no es algo que se le ha escapado
a la dictadura de los Castro.
El Presidente Obama quiere ir a Cuba. El dictador Raúl Castro quiere que
vaya. La serie de inconvenientes como la habitual golpiza a mujeres que
marchan pacíficamente por turbas paraestatales, la supresión sistémica
de libertades civiles y políticas, la denegación de retornar a prófugos
de la justicia norteamericana, la desestimación de indemnizar a los
estadounidenses por lo que se les robó (entre $7 a $8 mil millones), el
tráfico ilegal de armas con regímenes también delincuentes, son sólo
algunas de las imprudencias que dificultan lo que quieren el presidente
de EEUU y el dictador de Cuba. El misil secuestrado en Cuba desde junio
de 2014 y recién revelado, en plena negociación con el gobierno de
Obama, es ahora otra mancha más que complica la posibilidad de que el
jefe ejecutivo de la democracia norteamericana pueda visitar la casa del
tirano, honorablemente. Esto urge la gestación de otro espejismo para
desviar la atención mientras pintan otro cuadro que falsifica la realidad.
El castrocomunismo se siente cómodo en el molde estructural del
comunismo asiático, e. g., China, Vietnam. Una economía mixta dentro de
un Estado leninista que retiene los matices retóricos de una ideología
radical, encaja muy correctamente el prototipo generalizado practicado
en Cuba desde la década de 1990 (distanciando grados de intensidad con
los modelos chino/vietnamita). El oxímoron personificado que es el
titulado modelo de "economía de mercado socialista", busca increpar sólo
el entorno económico y hacer desaparecer nociones de algo de
liberalización en lo político. El problema para el despotismo cubano con
el comunismo asiático es la geografía, la fuerza de su diáspora y la
historia.
La nación cubana exiliada es considerablemente más próspera y productiva
que Cuba intramuros. En adición a eso, la democracia ha sido el modelo
político en que ha vivido. Quien ha formado parte de una sociedad libre,
entiende sin ni siquiera saberlo que la libertad es un derecho, por
natura, irrenunciable. La dictadura castrista y la administración de
Obama tendrán que vencer ese extraordinario obstáculo. Tienen que ir a
un modelo que, al menos, sea un simulacro de una "democracia".
El concentrar la retórica en simplismos vacíos cuya premisa reposa
exclusivamente en lo económico, en "oportunidades" prometidas y quimeras
de una "sociedad civil" que es invisible e inalcanzable dado las grietas
del modelo político cubano actual, es la fórmula de mercadeo que ha
confeccionado la dictadura cubana con el gobierno de Obama hasta el
momento. Tienen que ir un paso más.
Algunas mentes más desprendida del fanatismo oficialista, sin duda
comprenden que el premio grande y a largo plazo es una "normalización"
completa y verdadera para ellos (la dictadura). Esto requiere dos cosas:
(1) el derrumbe de las sanciones (embargo); (2) la aceptación/tolerancia
de facto de su modelo dictatorial. Este segundo punto obliga una
fabricación de algo de jure, que en el ejercicio concreto sirva para
ofuscar la realidad dictatorial y ofrezca una salida con la aparición de
una pseudo "democracia". La legalidad socialista cubana anunciará la
tolerancia de una oposición leal y tendrán votaciones que servirán como
un agente legitimador, pero nunca un escenario para la competencia libre
por el poder político.
Con el titulado socialismo del siglo XXI jugándose su futuro en
Venezuela, estamos viviendo la prueba de fuego para este prototipo
autoritario, relativamente nuevo, que sobrelleva la existencia de una
oposición pero cuyo sistema electoral y sus instituciones están
doblegadas al poder dictatorial que anula cualquier posibilidad de que
existe una opción viable de cambiar de gobierno, mucho menos de régimen.
Hay que recordar que en el caso venezolano y las últimas elecciones
legislativas, la variable de las fuerzas armadas que en esta ocasión
desobedeció el mando chavocastrista, hizo la diferencia. La lucha de
poderes que estaremos viendo en la patria de Bolívar, nos facilitará un
mejor entendimiento hasta qué extremo el castrocomunismo estará
dispuesto a flexibilizar su nuevo y venidero modelo electoral.
¿Cuándo lo anunciará la dictadura? Nos enteraremos en las páginas de The
New York Times. Ese ha sido la manera que se ha hecho. Un editorial o
más y luego cuando esté determinado que el público está listo, pues la
bomba de sorpresa. Ya el Presidente Obama le envió una señal a la
dictadura castrista en su entrevista del catorce de diciembre del año
pasado con Yahoo News que quiere ir a Cuba y que necesita una
justificativa meritoria al ojo que examina poco. La tiranía fue rápida
en contestarle al mandatario norteamericano. Le dijeron que puede ir
cuando quiera, siempre y cuando no los molesta con reproches por ser una
tiranía. Obama, sin embargo, pese a lo innegable de ser la de él, una
presidencia imperial, tiene que mantener cierto decoro y es, al final,
un año de elecciones en EEUU.
¿Quiénes compondrán esa "oposición leal"? Ya fueron escogidos y están en
proceso de espera, aunque ellos mismos no lo sepan. Por seguro, todos
ellos están o estarán en ese momento, virulentamente en contra de las
sanciones al régimen que le ha concedido el espacio para aparecer.
Enunciarán su inclinación por una amnesia generalizada que intente
borrar los crímenes de lesa humanidad que la inhumana tiranía ha
cometido. Aplaudirán la piñata cubana y favorecerán el mutismo ante la
cuestión de quitarles a la cúpula dictatorial lo que se han robado a
mansalva. Por supuesto que serán entusiastas estruendosos de las
relaciones entre el despotismo cubano y EEUU. No se pronunciarán en
público contra cambios sistémicos, sino ajustes al actual modelo.
Atacarán a la verdadera oposición virulentamente. El castrocomunismo los
premiará.
El curso de la historia, sin embargo, no va a detener el inevitable
cambio sistémico e integral que Cuba relama. La democracia es mucho más
que votaciones. El simulacro que la dictadura cubana está elaborando en
estos momentos tendrá, calculablemente, el apoyo de la actual
administración norteamericana. Eso es la alfombra roja que Obama busca.
¿Por qué no va pensar La Habana que pueden engatusar a EEUU con una
rudimentaria simulación de una "democracia"?
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