Publicado el 05-20-2010
El nacimiento de la República Cubana
El antiguo palacio de los Capitanes Generales, situado frente a la Plaza
de Armas, en La Habana, se hallaba engalanado y repleto de visitantes
distinguidos, embajadores, altos oficiales del Ejército Libertador y del
norteamericano, que asistían al nacimiento de una nación: Cuba, que
desde ese día, 20 de mayo de 1902, adquiría personalidad jurídica y
ocuparía un sitio relevante, por su historia de heroísmo y valor, entre
los pueblos libres del mundo.
La población de la Isla vibraba de entusiasmo, porque el suceso era el
premio merecido a su larga y fiera pelea para obtener la independencia.
Se había cerrado el capítulo bélico, y la soberanía, aunque limitada por
tratados ineludibles, había pasado al pueblo de Cuba, que iniciaba la
marcha por, senderos de paz, para escribir nuevas páginas de su
historia, en busca de nuevos éxitos.
A pesar de una ocupación militar de más de tres años y de un inteligente
esfuerzo iniciado por el general norteamericano Brooke, las huellas de
pasadas guerras eran aun visibles. Millares de campesinos,
reconcentrados por el verdugo Weyler en las ciudades morían en las
calles, diezmados por el hambre y las enfermedades; la disolución, que
sigue a todo cambio violento de régimen, volcó sobre la población urbana
sus detritos de mendigos, beodos y rameras, que se adueñaban de la vía
pública, haciendo peligroso el tránsito a los vecinos pacíficos. Las
fincas rústicas, asoladas por los combates y combatientes, se habían
convertido en refugio de bandoleros; la mayoría de los ingenios habían
sido destruidos y los que escaparon tal fuego no habían sido reparados;
las vegas y cafetales se hallaban arruinados; las poblaciones, con sus
casas de paredes desconchadas, puertas desvencijadas, ventanas
desprendidas, techos destejados, parecían saqueadas por enemigos
enfurecidos. Sólo un comercio languideciente, en manos españolas, daba
señales de vida en medio de aquella espantosa desolación.
Así empezó su vida nuestra inolvidable república, apoyada en la fuerza
moral y en la acometividad y energía de sus hijos, que a los quince años
habían restaurado su riqueza, acrecentando su economía, desarrollado su
industria azucarera, y creado un ambiente de bienestar y abundancia que
fue bautizado como el período de "las vacas gordas". Para lograr ese
milagro tuvieron que superar muchas dificultades internas, y externas,
pero todos los obstáculos fueron barridos y predominó siempre entre
nosotros un sentido de fraternidad y comprensión que hizo buena la frase
de: "entre cubanos todo se arregla; entre cubanos no hay que andar con
boberías", buen ungüento para calmar enconadas disputas.
La paz y la concordia fueron prédicas habituales en las escuelas. La
exaltación de los valores cubanos reemplazó a los coloniales. La Vírgen
de la Caridad fue nuestra Covadonga o nuestra Macarena; Martí nuestro
Pelayo y Maceo nuestro Santiago. Cuba fue el objeto de puras
invocaciones. En las escuelas organizadas bajo la ocupación americana se
dio preferencia a los temas patrióticos, poniendo énfasis en el amor a
la paz, la igualdad y la fraternidad. El niño blanco y el negro,
sentados uno junto al otro, recibieron la misma instrucción, ambos
cantaron el himno bayamés al inicio y final de cada jornada, y la jura
de la bandera se convirtió para ellos en rito sagrado. La paz y sus
beneficios fue cantada en coro con textos edificantes, como el siguiente:
"Todo cuanto destruye la guerra
nueva vida recobra en la paz.
Del saber se franquean las puertas,
Y es más dulce y más grato el vivir".
Las llamadas sociedades de instrucción y recreo, largo tiempo cerradas
por órdenes de la autoridad colonial, abrieron sus puertas para celebrar
el natalicio de la república con un baile de gala. Los antiguos socios
pasaron grandes aprietos para concurrir al festejo, porque a ninguno le
sobraba ropa y a todos les faltaba algo: quien tenía buen pantalón
carecía de una camisa decente o una casaca adecuada. Hubo quien se hizo
un par de zapatos utilizando el paño de sedán de una falda vieja de la
abuela. La necesidad nos volvió discretos, sencillos, cordiales,
mostrábamos con orgullo el ingenio con que suplíamos nuestras carencias.
Procurábamos disimular el bienestar, si alguno teníamos, para no herir
la escasez de la mayoría. Hasta la salud era disimulada ante los cuadros
de paludismo, beriberi, viruela, que estaban aniquilando a la población.
Nuestros predecesores tuvieron más amor a los principios que a los
bienes materiales. Sólo así se concibe que desafiaran durante un siglo
el poder de España, quemaran sus propiedades, destruyeran sus riquezas,
padecieran todo género de calamidades, por conquistar la libertad, aún
para beneficio de aquéllos que nada hicieron por lograrla.
Es fácil ahora señalar errores a nuestros libertadores, enjuiciar sus
acciones, y trazar pautas para hechos ocurridos en otros tiempos, frente
a otras circunstancias; lo difícil es hacer, partir de frente al
enemigo, pelear a mano limpia, "con la vergüenza", como quería
Agramonte. El problema que hoy confrontamos no es superior al que
confrontaron nuestros padres y abuelos, quizás hasta sea inferior y
nosotros lo vemos con el aumento que le confieren nuestras dudas,
vacilaciones o conveniencias.
Un nuevo 20 de Mayo nos saluda lejos de la patria que nos legaron
nuestros mayores. Veinte veces hemos conmemorado en el exilio, ese
acontecimiento que ilumina un largo período de nuestra existencia.
¡Quiera Dios que el próximo año podamos, en la apoteosis del regreso,
celebrarlo en una Cuba liberada de la tiranía que la oprime!
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