Publicado el 05-20-2010
El heroísmo de la mujer cubana
"Las cubanas son las que han hecho la insurrección de Cuba. Ellas, si no
fueron las primeras en sentir los impulsos de la dignidad ultrajada,
fueron las primeras en manifestarlos; y la opinión que forma la mujer es
irresistible en el hombre". Un español cubano. "Vindicación"
Las cubanas se mostraron siempre dignas y altivas ante el opresor. A
pesar de los prejuicios sociales y la severa educación familiar,
nuestras paisanas sabían encontrar la pequeña abertura por donde
escaparse: un peinado especial, el color del vestido, un adorno del
traje, un detalle cualquiera, que podía pasar inadvertido para algunos,
pero que a los iniciados revelaba una militancia, un arraigado
propósito. Las terribles escenas del teatro "Villanueva", en La Habana,
son una prueba de esta afirmación. Más que las frases intencionadas de
los "caricatos", soliviantó a los voluntarios la actitud agresiva de las
damas, que concurrieron a la función vestidas con los colores nacionales.
En toda repulsa a un funcionario tiránico, prevaricador, venal, tanto en
la era colonial como en la republicana, las mujeres llevaron la voz
cantante. En el hogar la propaganda comenzaba a la hora del desayuno,
crecía durante el almuerzo, llegaba a su más alta expresión en la
comida, y ni siquiera cesaba a la hora de "la queda", porque muchas
veces el sueño desembocaba en pesadilla, reproductora de supuestas
peleas contra los malandrines y follones detentadores del poder. El
hombre quedaba a merced de una vigorosa y continuada prédica subversiva,
que iba permeando su conciencia, apoderándose de su pensamiento,
levantando dentro de él una tempestad de antipatías, recelos,
desconfianza, que culminaban en repulsión y odio. Cuando llegó la
guerra, todos, madres, padres, hijos, estaban perfectamente unidos en un
firme propósito de liberación, que los conduciría, mediante penosos
sacrificios, a obtener la independencia de la patria, y establecer en
ella el imperio de la ley y la justicia. Este veinte de Mayo debemos
honrar la memoria de las valerosas cubanas que en plena manigua, a campo
raso, como auxiliar eficiente, o en las ciudades, frente al enemigo
poderoso, realizaron la tarea de mantener viva la fe en los destinos de
Cuba; curando heridos, animando a los decaídos, recolectando fondos,
armas y municiones para la guerra. En esa noble empresa Camagüey
constituyó una academia de manbicidad, y sus hijas se cuentan entre las
primeras combatientes a favor de la libertad, con una intransigencia y
abnegación que no hay pluma capaz de celebrarlas bastante. Las palabras
del Marqués de Santa Lucía, contestando a Máximo Gómez sobre la
posibilidad de extender la guerra hasta Camagüey en 1895, no fueron
retóricas huera ni simples alardes literarios: "A comienzos de este año
sólo encuentro ardor bélico en el pecho de las mujeres camagüeyanas.
Ellas y los jóvenes deberán marchar a la vanguardia del próximo movimiento".
El centro de la conspiración en Camagüey estaba situado en el hogar de
la inteligente y bella Eva Adán, esposa del General Alejandro Rodríguez;
una amplísima residencia situada en Santa Ana esquina a San Ramón, con
entradas y salidas, visibles a ambas calles y otras secretas, a través
del extenso patio, hacia las de Mayor y San Ignacio, por casas vecinas.
Con el pretexto de organizar las festividades de Nuestra Señora de la
Candelaria, que culminan en los primeros días de Febrero, se reunía un
grupo de bravas criollas, entre las que descollaban, por la decisión y
energía. María Aguilar, guapa y elegante; Concha Agramonte, a quien los
años, los numerosos hijos y las fatigas de la Guerra Grande no le habían
apagado los bríos ni opacado la belleza; Gabriela de Varona, culta y
distinguida, secretaria irremplazable, taquígrafa experta, creadora de
un método Original, sólo interpretable por ella; Angela Malvina Silva,
que se destacaba por su juventud, delicada belleza y un apasionado amor
al hogar, que sabía colocar por debajo de los intereses de la patria; y
Morbila Caballero, casi adolescente, que era llamada "la desposada de la
libertad", porque juró no contraer matrimonio hasta que Cuba fuera
libre. Entre rosquillas de catibía, tazas de chocolate, bromas y
chascarrillos, se reproducían manifiestos y elocuciones patrióticas, se
componían epigramas contra las autoridades, se hacían acopios de
algodón, vendajes, balas, armas, se despachaba la correspondencia venida
de Nueva York y Nassau, mediante hábiles maniobras de Abel y Porfirio
Betancourt y Angel Vega Beltrán. Todo parecía marchar perfectamente,
pero las conspiraciones tienen caminar de hormiga y pisadas de elefante.
Un buen día, Morbila Caballero, a quien se le habían entregado varios
paquetes de correspondencia, hubo de perder uno en la calle, y aunque lo
encontró al cabo de unas horas, a la vuelta de su casa, alguien la vio
recoger el paquetico, dio cuenta a las autoridades, se estableció una
cuidadosa vigilancia y se observó que las devotas de la Virgen de la
Candelaria solían cargar paquetes demasiado pesados, que debían contener
algo más que novenas, escapularios, estampas y rosarios. Alertadas por
ciertos movimientos sospechosos de la guardia civil, suspendieron las
reuniones, y decidieron marcharse de Camagüey, unas a sus posesiones
campestres, otras a distintas regiones como Nuevitas, La Habana o New
York. Trataron de encargar del movimiento a otras personas, libres de
sospecha. Algunas de las complicadas, como la señora Silva de Recio, que
ya tenía seis hijos, su esposo fuera de la ciudad y su mamá muy anciana,
necesitaba buscar una persona con energía y capacidad bastante para
confiarle el cuidado de sus pequeños. Las inevitables demoras
permitieron que las autoridades procedieran al arresto de las
conspiradoras. Se las tomaron por sorpresa y las condujeron a la cárcel
donde las recluyeron en el departamento de mujeres, donde se encontraban
pobres descarriadas, quienes, a pesar de su procedencia, no se mostraron
hostiles, mirándolas con simpatía y tratándolas con respeto. Como
gacelas temerosas se agruparon en un rincón, buscando en la cercanía la
defensa y protección que creían necesitar.
Sin sometarlas a juicio fueron trasladadas por tren a Nuevitas y de
allí, en el destartalado vapor "Manuela", conducidas a la Habana, adonde
se les recluyó en la "Casa de Recogidas", albergue prisión de las
mujeres de vida disipada. Apenas llevaban ropa de recambio, carecían de
jabón y otros productos de aseo personal; pasaron días crueles rodeadas
de espías, se les anunciaba la próxima partida para el presidio de
Chafarinas. A estas torturas puso fin la entereza de Eva Adán, que, con
sus chistes y ocurrencias, levantó el ánimo de sus compañeras. Como era
ciudadana americana, reclamó la protección de su país, y el cónsul de
los Estados Unidos en la Habana se personó en la prisión para reclamar
un tratamiento humano para las presas políticas, empezando, lógicamente,
por su conciudadana, a la que logró excarcelar. Eva insistió en extender
la protección a sus compañeras de cautiverio, y, a gestiones del cónsul
norteamericano, fueron puestas en libertad, pero limitada al perímetro
de La Habana.
La menos beneficiada por estas gestiones fue Angela Malvina Silva,
porque, no podía sostenerse en La Habana, sin dinero, sin trabajo, ya
que se le negaba éste por estar sujeta a una causa criminal por
conspiración, el recuerdo de sus hijos entregados al cuidado de manos
extrañas aumentaba su angustia.
Angela Malvina Silva vio salir hacia los Estados Unidos a casi todas sus
compañeras, gracias a los generosos esfuerzos del funcionario consular
de los Estados Unidos, pero ella no podía tomar ese camino. Carecía de
medios económicos y tenía varios hijos que no podía llevar consigo.
Decidió hacer gestiones para regresar a Camagüey. Con la ayuda de Don
Emilio Cosculluela, que la acogió en su hogar durante nueve meses que
permaneció en La Habana, celebró entrevista con el Obispo de La Habana,
el cual intercedió con el Capitán General, permitiéndosele volver a la
tierra nativa. Pero allí continuó la persecución contra ella. Su esposo,
el General Lope Recio Loynaz, había ingresado en el Ejército Libertador;
ardía la guerra en la región oriental, adonde habían desembarcado Flor
Crombet, Máximo Gómez, Maceo, Martí y otros patriotas cubanos. La
permanencia de Angela Malvina Silva en Camagüey era difícil. Las
autoridades la vigilaban. Menudearon los avisos de que se le
aprisionaría nuevamente. Se decidió a partir con sus numerosos hijos,
para incorporarse a las huestes mambisas. Tras varios días de eludir la
persecución de los contrarios, logró pasar al campo insurrecto,
acercarse al campamento del esposo. También allí le esperaban nuevas
calamidades, constantes cambios determinados por los acontecimientos
guerreros, unas veces alojada en la vieja casona de "La Matilde de
Simoni", otras en "La Caridad de Arteaga", "La Aurora"; "El Dagamal";
"El Brazo"; "Palma Hueca", haciendas que fueron testigos de su doloroso
peregrinar, esquivando un peligro para caer en otro. En una de esas
mudanzas le nació una hija más, una muñeca rubia, bellísima, que fue
acunada por los disparos de los fusiles y el ruido de las cargas al
machete, no en vano se le dio el sobrenombre de "La Mambisa" con que se
le conoce aún en este exilio, donde alienta la esperanza del regreso.
De aquellas excelsas mujeres, que bordaron la proeza de nuestra
independencia sobre una trama de fatigas y quimeras, sólo queda el
recuerdo, y algún descendiente vagando en el destierro, sin horizonte
definido. Restos de un pasado glorioso que algunos pretenden negar.
A casi un siglo de distancia resulta fácil criticar la gestión de
nuestros antepasados, condenar sus actitudes, exigirles estrecha cuenta,
con ojos del siglo veinte, de lo que ellos hicieron o dejaron de hacer
en el siglo diez y nueve, frente a otros conflictos, otros enemigos,
otras circunstancias. Es muy cómodo señalar errores en las batallas que
otros libraron, trazar magníficos planes bélicos sobre la mesa de un
café, en charla amena con amigos consecuentes, capaces de soportar
nuestros desplantes. Lo difícil es desbrozar maniguales, talar bosques,
abrir zanjas, construir trincheras, disputar la aguada al enemigo a
golpe de machete, vigilarlo para sorprenderlo en descuido y derrotarlo,
soportar lluvias torrenciales sin abrigo, recorrer cientos de kilómetros
descalzo, con los pies comidos de niguas, las piernas llagadas por los
abujes, el cuerpo lacerado por picadas de mosquitos, hormigas, jejenes,
el organismo extenuado por la disentería y las fiebres palúdicas.
El veinte de Mayo de mil novecientos dos, en que se inauguró la
República, no fue, no pudo ser, una mascarada, sino la consagración de
una epopeya sublime. Si la alegría no pareció grande se debió a que los
libertadores fueron pocos, y desfilaron harapientos y enfermos ante una
mayoría que hasta la víspera había formado en las filas enemigas o
permanecido indiferente, cruzada de brazos, esperando unirse al
vencedor. Los nombretes de "agachado", "camarón", "majá" y "ojalatero",
fueron acuñados para calificar a esos falsos patriotas y distinguirlos
de los llamados guerrilleros y voluntarios, que empuñaron las armas
contra sus hermanos.
La patria se fue haciendo poco a poco, por el esfuerzo de sus mejores
hijos y la aglutinación de elementos contrapuestos. "Se hizo camino al
andar", como diría el poeta… Y tendremos que hacerlo de nuevo, con los
pies sangrantes por los riscos sin senderos, si queremos volver a la
Cuba que dejamos y que no era la nación roída por la suma de todos los
vicios y pecados, como nos la pintan sus detractores, ni el edén que
sueñan los idealistas de cafetín, ni el antro de arbitrariedad,
violencia y crimen, en que la han convertido sus actuales tiranos.
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