Frank Correa
LA HABANA, Cuba, septiembre (www.cubanet.org) - El pasado domingo dos
venezolanos llegaron a La Taberna de Jaimanitas y se recostaron a la
barra a estudiar los precios de las bebidas.
Pensé que se trataba de un par de pinareños queriendo tomarme el pelo.
Tuvieron que mostrar sus pasaportes para convencerme. Eran de Tocuyo,
estado de Lara. Desde abril permanecían albergados en la marina
Hemingway, acompañando a familiares enfermos beneficiados por la
Operación Milagro, que reciben atención médica en Cuba.
En la XV Feria del libro celebrada hace tres años en La Habana, dedicada
a Venezuela, a los miembros de la Unión de Escritores y Artistas de
Cuba nos entregaron un pasaporte venezolano que, según nos dijeron era
una cortesía de Hugo Chávez.
En las hojas interiores de aquel pasaporte, en vez de la foto, el
nombre y los espacios para los cuños de visas, venía impresa la
historia del país, en poemas, pinturas, fotografías de paisajes,
dichos populares y algunos versos de Andrés Eloy Blanco, poeta
nacional de Venezuela. Al final, el documento te declaraba de manera
simbólica ciudadano venezolano, si habías logrado identificarte con sus
páginas.
Probé a los individuos pidiéndole la traducción literal de un refrán
que aparecía en aquel pasaporte. "Y el rancho ardiendo". Uno me dijo que
se aplicaba cuando alguien tiene varios hijos pequeños y uno más viene
en camino. El otro, que era el más viejo de los dos y se presentó como
sicólogo retirado, publicista en ciernes y aventurero incuestionable,
agregó que también se usa para definir cuando, además de lo dicho y
hecho, queda mucho más por decir o hacer.
Superada esa prueba me quedé con ellos en la barra. Quería conocer
sus opiniones con respecto "al rancho que ardía en Cuba desde 1959",
pero se mostraron circunspectos. Estudiaban con detenimiento los precios
de las botellas y se consultaban en voz baja.
La Taberna de Jaimanitas vende todo sus productos en moneda nacional y
a esa hora de la tarde estaba concurrida. Después de sacar muchas
cuentas, escogieron una botella de ron Arecha. También compraron
cigarros al menudeo, una opción para los que no pueden comprar la
caja completa.
Conversé con ellos de temas disímiles durante la media hora que duró la
botella. El sicólogo-publicista terminó borracho. Se puso a cantar a
viva voz "Yo nací en una ribera del Arauca vibrador…". Luego imitó al
Carrao de Palmarito. Finalmente recitó poemas de Eloy Blanco. La
gente lo aplaudía. Algunos se burlaban a sus espaldas. De un salto salió
a la pista y marcó los pasos de un vals. Dio vueltas y vueltas sobre
sus pies. Parecía otro loco de los tantos que pululan por Jaimanitas.
Regresó tambaleándose a la barra. Los otros borrachos lo aplaudían para
que continuara el show. El otro tuvo que sujetarlo para que no
regresara al espectáculo.
Con voz atropellada y una insistencia que se volvió extraña, me exigió
que buscara y leyera con urgencia Lumpen proletario, Los malandros y
Las reservas morales. Tuve que jurar que los leería. Volví a insistir
en conocer su opinión sobre Cuba.
-Cuba es la maravilla del mundo, pana. Fidel es Dios. Debiera durar
cien años.
El otro venezolano hablaba poco y también estaba borracho.
-Estás en el pico del zamuro, vale. Te has pasado de maraca. Recuerda
que tienes que ir por tu mujer. Ya debe de haber terminado la vaina de
la terapia.
-¡La vieja! ¡Ah! Ya la había olvidado.
Bajó el tono de voz, se acercó más.
-Mi vieja está en silla de ruedas, pana. Se acabó la guachafita pa´ mí.
Treinta años soportándola al morrocoy y ahora tengo que cargarlo hasta
el baño. Más fue la bulla que la cabuya. ¡Qué vaina!
Se marcharon ayudándose mutuamente. Seguían pareciendo un par de
pinareños. Me gritaron a dúo:
-Recuerda ¡Que Fidel les viva cien años!
Cuba: Venezolanos en La Habana (7 September 2009)
http://www.cubanet.org/CNews/y09/Sept09/07_C_4.html
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