21 de julio de 2010

EL FIN DE LOS DÍAS

EL FIN DE LOS DÍAS
21-07-2010.
Richard Roselló
Periodista Independiente

(www.miscelaneasdecuba.net).- Felipe González Miguel tuvo una niñez de
creatividad e ilusiones. Que a los 21 años obtuviera su primera patente
en maquinarias. O que a los 20 abriles sea dueño de una imprenta. Eso se
dice y no se cree.

González Miguel fue un joven excepcional para la época. A su vez un
trabajador infatigable y de esos seres humanos que entregaron devoción a
sus responsabilidades.

Cuando pequeño quedó sorprendido por el mundo de las rotativas. Su
familia tenía empleo cuando éste crecía en medio de linotipos, prensas,
litográficas y cortadoras.

En cierta ocasión un amigo del giro regresaba de América y le habló
sobre aquella Isla grande del Caribe que tantos milagros se hablaban en
España. "– ¿La imprenta en Cuba? – ¡Eso si es un negocio floreciente!",
le dijo.

Dos días después, Miguel zarpaba rumbo al Nuevo Mundo. Llevaba juventud,
algún dinero y la cabeza cargada de espejismos y esperanzas. En La
Habana comenzó a laborar en una imprenta. Y pronto descubrió un mundo de
posibilidades en esa añeja ciudad con su puerto que olía aun a bergantín
español. Sin proponérselo estaba en medio del centro impresor más
importante del país, rodeado de un centenar de talleres que trabajaban
día y noche.

Tres años después, a los 20 años, Felipe González tuvo su propia
imprenta en la empedrada calle de Aguiar no. 553, donde era un respetado
técnico industrial. Fue cuando echó correr la sabiduría. Primero patentó
con certificado de invención no. 14384 concedida por el Ministerio de
Comercio de Cuba, en 1951, varias mejoras en maquinas para fabricar
serpentinas a gran producción y en 1953 construyó sus propias máquinas
de fabricación de rollos de papel para equipos de sumar.

Desde luego contaba con clientes fijos que le garantizaban estabilidad;
y como la suerte estaba echada, se casó, nació su primogénito de igual
nombre, justo al llegar la revolución de 1959. Pero la naciente rebeldía
de Fidel Castro no podría aflorar en sus mejores y peores momentos. En
1965, en plena madurez y éxito empresarial, lo despojan de su propiedad
y queda en la calle. Regresaba a su casa con la vivencia desgarrándole
las retinas.

Las fobias al capitalismo, impuesta por la nueva dictadura, sembraron
terror en los propietarios de negocios. González sin recurso y abrumado
por la indiferencia, volvió después de una infructuosa búsqueda a su
taller expropiado. Reinaba la falta de profesionalidad e ignorancia. Y
un totalitarismo que rayaba en lo absurdo. Entonces le obligan a la
sumisión total: presentar una carta si quería el empleo. Sin antes
señalar: quien era, que hizo, cual su especialidad, edad y si tenía
buena disposición laboral.

Pero, González no concebía como un trabajador, con sus aportes a la
sociedad, recibiera tantas negativas a sus solicitudes. El potencial de
su sabiduría no era aprovechado, sino marginado. Cinco años después,
joven aún, Miguel moría de pobreza y tristeza como ayudante de una
papelera. Atrás, dejaba un hijo y una esposa enferma.

En 1990 se decreta el fin de sus días para las imprentas en la populosa
Habana. Dos siglos de tradición, constancia y calidad, se desvanecieron
en corto y perezoso tiempo convirtiendo muchas de sus maquinarias en
chatarras para la exportación.

Mientras, los tradicionales talleres pasaron a ser una propiedad de
nadie. Hasta la fecha.

http://www.miscelaneasdecuba.net/web/article.asp?artID=29001

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