7 de septiembre de 2009

Rafael Cadenas, un triunfo para el cantor de la derrota

DIARIO LIBRE|RAUL RIVERO
Rafael Cadenas, un triunfo para el cantor de la derrota
05.09.2009

>Martes

Un desterrado natural

Se ha quedado para el final. Está casi solo y a la intemperie para
tratar de explicar a los seres humanos cómo él cree que son los seres
humanos. Para ese ejercicio se vale de un trasiego de ternuras y
sombras, una ración bien despachada de lucidez y un vocabulario preciso
y decente, pero soltero y sin compromisos. Con todo eso se hace un
examen y publica los resultados como poemas o como ensayos. Los firma
así: Rafael Cadenas.

He dicho que está solo porque nació en Barquisimeto, Lara, Venezuela, en
1930, y sus compañeros de viaje se han bajado en viejos apeaderos y
estaciones ruinosas, como hizo nuestro querido amigo Pepe Barroeta hace
dos años cuando se tiró del tren sin avisarle a nadie.

Y Cadenas, un desterrado natural (lo expulsaron por comunista a Trinidad
en 1952) es el que permanece. El que sigue a la espera de que los poemas
lo sorprendan dormido en su casa en Caracas y los ensayos lo asalten
cuando se detenga en los párrafos de los libros acumulados. Y vuelva
sobre ellos en un tiempo en que las relecturas le permiten disfrutar de
dos historias en una. O ver unos mensajes oscuros que no se vieron nunca.

Los que aprendimos a quererlo y a leerlo en los 60, en la época en que
circulaban copias mecanografiadas de sus Cantos iniciales (1946), y dos
o tres ejemplares con los poemas de Una isla, del Cuaderno del destierro
y de esa pieza memorable que es Derrota, ya no tuvimos capacidad para
olvidarlo. Se produjo, en cambio, por la América aquella donde la poesía
ha estado siempre por encima de los dictadores, un amago peligroso para
estabilizar la leyenda de Rafael Cadenas. Y ahí está.

Es bueno para toda la literatura española que le hayan dado esta semana
el Premio FIL, de Guadalajara, México. Es bueno porque hace muchos años
que sus versos perdieron las líneas de los mapas, igual que el poeta.

Es verdad lo que dice Darío Jaramillo Agudelo. Con los versos de Cadenas
«tendrán en sus manos a un poeta que les dirá cosas nuevas, que volverá
palabras asuntos que todos sentimos sin poder verbalizar, que les
revelará sensaciones profundamente humanas, que -con un guiño, con un
horror sensato- les ayudará a conocerse».

Cómo no, es excelente la entrega de este galardón que antes se llamaba
Juan Rulfo porque pone de pronto a Cadenas en una nómina donde están,
entre otros, Juan José Arreola, Eliseo Diego, Augusto Monterroso, Juan
Marsé, Sergio Pitol, Juan Gelman, Juan Goytisolo y Rubem Fonseca. Y lo
deja en su lugar, un muro inflamado y volátil en el que aterrizan a
ciegas los auténticos y los vanidosos a exceso de velocidad.

El poeta se siente muy cerca de España (Pre textos publicó su obra
completa) y de México porque en los dos países se le estima y se le
reconoce. En Venezuela también y mucho más, pero en los últimos tiempos
se han perdido sus libros y desde los mecanismos del poder político,
dicen mis amigos desde allá, le han aplicado una llave extraña para
tratar de ningunear su obra y dejarlo ahora desterrado en su mundo interior.

Allí debe de haber vuelto sobre el inicio de su Cuaderno del destierro.
Un poema en prosa en el que el poeta declara: «Yo pertenecía a un pueblo
de grandes comedores de serpientes, vehementes, silenciosos y aptos para
enloquecer de amor. Pero mi raza era de distinto linaje».

Ese tipo de personas, gente que vuelve herida y llena de sabiduría, no
son dadas a cerrar los ojos. Ni la boca. Hace unos meses Cadenas dijo en
Valladolid que en su país hay una dictadura disfrazada y que en su
definición es más una autocracia militarista.

«Hugo Chávez habla mucho contra el imperio», dijo, «pero creo que en
realidad es para dominar a la sociedad venezolana».

Eso puede ser suficiente para la Venezuela de hoy. Lo que pasa es que
Rafael Cadenas sigue a la mesa en su atracón de ofidios junto a ese
pueblo al que pertenecía. Y callarlo, dejarlo tirado y sin palabras, es
imposible por muchas pistolas que estén sobre la mesa.

Tampoco lo pueden derrotar. Él le cantó primero a la derrota y en ella,
en sus fracturas y humillaciones, hizo esta celebración: «Yo que no he
tenido un oficio, que ante todo competidor me he sentido débil, que
perdí los mejores títulos para la vida, que apenas llego a un sitio ya
quiero irme (creyendo que mudarme es una solución), que he sido negado
anticipadamente y escarnecido por los más aptos, que me arrimo a la
paredes para no caer del todo, que soy objeto de risa para mi mismo, que
creí que mi padre era eterno...»

>Jueves

Una pareja que venía de lejos

Como esta semana no se celebra nada que tenga que ver con Olga Guillot,
como no es su cumpleaños, ni se va a presentar un nuevo disco, me gusta
recordarla. Festejar que pasa otro día sobre la tierra y en algún lugar
del mundo ella respira y ama. Y a lo mejor tararea Miénteme asomada a
una ventana. A una foto.

El asunto es ése. Recordarla y sentirla en la cercanía con esa voz de
filo de navaja envuelto en seda que hiere para que a nadie se le olvide
recordar. Una voz que tiene el color de la piel de Olga y dormita en
vela como sus ojos y cae como caen sus manos cuando los boleros vuelan
sobre las cabezas, su vuelo estacionario de cámara lenta.

Sí, yo la recuerdo en días como estos en los que me gusta también leer
al otoñófilo Gastón Baquero, un poeta del trópico que no pudo ver más
aquella luz y se hizo amigo del mes de octubre en Madrid.

Un mes (en el que cumple años Olga) y al que Gastón, que llegó a entrar
en confianza con él en Avenida de América, describía como un poco
faraute y rodrigón. Dicho todo con mucho cariño y con el deslumbramiento
que le producía al cubano el otoño, la dignidad hecha calendario, una
estación en la que octubre escala sereno la ventana y se fuga del
ardiente corazón del estío.

Así es que se escuchan las canciones y se leen los poemas en el camino
hacia otro fin de año, hacia una opacidad de otras noblezas. Un sitio
donde vive y respira Olga Guillot y se mantiene entera la memoria del poeta.

Entra ella en la estación que viene porque es una actriz que canta. Y él
porque fue el inocente que dejo escritas unas palabras en la arena.

>Viernes

El guardián de la caída del agua

Un poema de Humberto Ak'abal dice que de vez en cuando camina al revés
porque ése es su modo de recordar. Si caminara sólo hacia delante,
explica el poeta, nos podría contar cómo es el olvido.

El texto está escrito en k'iche y su autor es uno de los más importantes
poetas de la cultura maya y reside en Guatemala.

Nació en Momostenango, Totonicapán, en 1952. Ha publicado varios libros
de versos en k'iche y en español. Entre sus titulos aparecen El
animalero, Lluvia de luna en la cipresalada, Hojas solo hojas y Los
cinco puntos cardinales.

Ak'abal dijo en una entrevista a Pablo Cingolani para la revista
Letralia que la palabra siempre ha sido muy importante para su pueblo.
«Si no fuera por la poesía», agregó, «el mundo ya se habría quedado
mudo. Todo aquél que abre la boca siempre es peligroso, pero el peligro
lo sienten aquellos que le tienen miedo a la palabra dicha con el
corazón, con el alma desnuda, le tienen miedo al que habla con la cara
al sol».

Estos versos son de un poema suyo titulado La flor amarilla de los
sepulcros: «¡Sol¡/ Volvete humo/ tizná el cielo/ quemá la tierra/
estamos de duelo».

Rafael Cadenas, un triunfo para el cantor de la derrota | Opinión |
elmundo.es (7 September 2009)
http://www.elmundo.es/opinion/columnas/raul-rivero/2009/09/19124361.html

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