20 de julio de 2010

Luz de la calle y oscuridad de la casa

Luz de la calle y oscuridad de la casa
José Hugo Fernández

LA HABANA, Cuba, julio (www.cubanet.org) - Los que todavía elogian el
carácter solidario de esto que anacrónicamente llaman la revolución
cubana, debieran llegarse un día cualquiera de nuestro tórrido verano
por la calle 186 y avenida Tercera, en el municipio habanero de Playa,
donde radica una de las instancias de Inmigración que extiende permisos
de salida temporal a las personas que van de visita a los Estados Unidos.

Parte el alma ver las aglomeraciones interminables de personas que deben
pasar largas horas del día paradas a la intemperie, en un sitio en el
que no disponen más que de un solo baño público para decenas y cientos
de necesitados, y donde no existe la menor probabilidad de conseguir un
vaso de agua o una leve merienda.

Los sufrientes son principalmente mujeres de edad madura y ancianas, a
las que no les queda otro remedio que encarar el trance de buena gana,
movidas como van por la ilusión de volver a ver a sus hijos o de conocer
a sus nietos en la otra orilla.

Teóricamente, deben soportar dos veces el sacrificio de asistir a ese
lugar: primero, para entregar documentos, y luego, para recoger el
permiso que les propicia comprar pasaje. Pero en la práctica esas dos
veces suelen convertirse en cuatro o en seis, debido a la desidia con
que habitualmente son atendidos por la burocracia estatal los trámites
de personas que se reconocen no afines con el régimen. Más cuando estos
trámites están relacionados con "el enemigo imperial".

De muy poco o nada parece valer el hecho de que las visitas a los
Estados Unidos constituyan un sustancial negocio para ellos. Sólo por
presentar los documentos y obtener la aprobación hay que llevar por
delante un sello que cuesta 150 cuc. Y son muchas, cientos de miles, las
personas que se encuentran tramitando permanentemente estos servicios a
lo largo del archipiélago cubano.

Eso sin contar los gastos concernientes al resto de las gestiones, que
son diversas, todas caras y en una moneda que casi nadie recibe aquí por
su trabajo.

Es una constante muy propia de nuestro sistema de poder totalitario no
corresponder con una eficiente atención a lo que desembolsamos por los
servicios públicos, por demasiado que sea, y sin que importe el
sacrificio que nos cueste.

Se trata de un mal congénito y crónico, cuyos fundamentos radican en la
seguridad que experimentan los burócratas al saber que no existe
competencia, así que por muy mal que nos sirvan, siempre tendremos que
morir con ellos.

Claro que en este caso, ya que no pueden aspirar a ser tratados en
correspondencia con el alto precio que pagan por el servicio, nuestros
compatriotas, mayormente mujeres maduras y ancianas, merecerían al menos
recibir el favor de ese espíritu solidario por el que tanto ensalzan al
régimen allende los mares.

http://www.cubanet.org/CNews/y2010/julio2010/20_C_1.html

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