19 de julio de 2010

De repente, la libertad

Publicado el domingo, 07.18.10
De repente, la libertad
By CARLOS ALBERTO MONTANER

En memoria de mi amiga Olga Guillot, la mejor bolerista de la historia,
quien murió la víspera de estos acontecimientos.

M adrid -- Inesperadamente, el guardia, con un tono menos hosco de lo
habitual, le dijo: ``Paneque, tienes que salir de la celda para hablar
por teléfono''. José Luis García Paneque es un médico, cirujano
plástico, especialista en quemadas, de 44 años, padre de familia con
varios hijos pequeños, locuaz e inteligente como un demonio bueno. En
marzo de 2003, durante la llamada ``Primavera Negra de La Habana'', fue
detenido y sumariamente condenado a 15 años de cárcel. ¿Delito? Como el
resto de los 75 apresados durante aquella orgía represiva, escribía
crónicas sobre la realidad cubana en diarios extranjeros (porque no lo
dejaban en la prensa amaestrada por el gobierno), prestaba libros
prohibidos, quería y pedía democracia para su país y era un católico
devoto. O sea, el retrato robot viviente de un peligroso enemigo del
pueblo y agente del imperialismo yanqui.

La llamada era del Cardenal Jaime Ortega. Amablemente, el prelado le
preguntó si quería ser excarcelado y enviado a España. No había
condiciones humillantes. Ni él las hubiera aceptado ni Ortega las
hubiera propuesto. Paneque le dijo que sí. De alguna manera, la
oposición democrática había ganado la partida y la dictadura comenzaba a
desprenderse de los presos de conciencia. Paneque, además, confiaba en
su Iglesia. Los curas y obispos no lo habían abandonado cuando fue
detenido. Ayudaron a su familia y se interesaron por él cuando
descubrieron que se estaba muriendo por las enfermedades infecciosas
contraídas por la suciedad de los calabozos. Su sistema inmunológico ya
no respondía frente a los parásitos intestinales, las medicinas habían
perdido su efectividad y se desnutría progresivamente. Su estampa era la
de los prisioneros de los campos de concentración nazis. Tres de los
cautivos padecían variantes de la misma enfermedad, crónica e incurable:
él, Normando Hernández González y Ariel Sigler Amaya. De los tres,
Sigler, que era el más fuerte cuando entraron en prisión, un atleta de
90 kilos, es el que está peor: inválido, delgado como un alambre, en una
silla de ruedas e incapaz siquiera de sostener la cabeza sin una collera
que le apuntale las vértebras cervicales. Todavía está en La Habana
porque el gobierno cubano, cruelmente, le niega la salida, pese a que
tiene visa norteamericana.

Fui a darles un abrazo a los presos recién llegados a España. Fue muy
emotivo. Es imposible contener las lágrimas. Uno las esconde, por esa
maldición terrible de que los hombres no lloran, pero los ojos suelen
hacer lo que les da la gana. La madre de Normando, Blanca González,
acababa de llegar de Miami y apretaba a su hijo con el amor intenso de
quien acababa de parirlo por segunda vez. Andrés Eloy Blanco, el gran
poeta popular venezolano, lo había advertido sagazmente hace muchas
décadas: no hay día más feliz que el de soltar los prisioneros. A Blanca
la había visto gritar en cien manifestaciones enarbolando el nombre y el
retrato de Normando. Volver a verlo vivo era el sueño con que se
acostaba y levantaba todos los días de Dios. Era su causa y la razón que
la animaba a seguir respirando en medio de tanto dolor y de tanta
noticia triste que volaba desde los calabozos, como pájaros negros, para
avisarle que Normando moriría pronto si no lo rescataban.

os albergaron en un hostal muy modesto en Vallecas, un barrio obrero de
la periferia de Madrid. Eso se entiende. España, que ha echado una mano
generosa, en medio de una crisis, no dispone de fondos para ejercer la
caridad profusamente. Los presos salen con los familiares y la cuenta
final puede ser alta para cualquiera de las magras dependencias del
Estado. Tal vez, también existía el propósito de aislarlos para que el
barullo mediático fuera menor. El gobierno de Zapatero no quiere que
esta operación se transforme en una andanada contra la dictadura. Pero
eso no va a lograrlo: estos hombres --por ahora, Paneque y Normando,
Léster González, Antonio Villarreal, Pablo Pacheco, Julio César Gálvez,
Omar Ruiz, Ricardo González--, son gente dispuesta a morir por defender
su derecho a decir lo que piensan. Si no pudieron callarlos los golpes,
el hambre y las rejas de unas cárceles terribles, ¿quién puede pensar en
amordazarlos ahora que han llegado a la libertad? Vinieron a estrenar la
garganta y no van a guardar silencio.

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http://www.elnuevoherald.com/2010/07/18/767707/carlos-alberto-montaner-de-repente.html

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