21 de octubre de 2015

Ni incertidumbre perpetua, ni esperanza idílica, ni apatía total

Ni incertidumbre perpetua, ni esperanza idílica, ni apatía total
En diálogo con Alejandro Armengol
Roberto Veiga González, La Habana | 21/10/2015 8:54 am

I
Alejandro Armengol acaba de publicar en su blog personal Cuaderno de
Cuba un artículo titulado: Cuba, vida cotidiana y ajiaco ideológico. He
decido replantear ciertos argumentos presentados por el articulista, no
para negarle las razones que tenga, sino para mostrar una mirada
diferente sobre los mismos. Diferente, no porque deje de estar en
desacuerdo con algunas de esas realidades del país y no prefiera que se
enrumben de otra manera; sino porque llego a percibir, en una
multiplicidad de esos asuntos cuestionados, señales positivas y hasta
posibilidades virtuosas. Por otro lado, lo hago, sobre todo, porque los
criterios con los cuales dialogaré pertenecen al pensamiento y a la obra
de un cubano que respeto.
II
El autor se muestra arto pesimista por la carencia de una gestión
política capaz de sustentarse en una visión integral de Cuba y de
proyectar una propuesta universal de país. Esto es cierto y realmente
expresa una carencia, pero no sólo del gobierno, sino de toda la
sociedad, de toda la nación. Lograr una imagen consensuada de país
únicamente es posible y oportuno si resulta de la participación y de la
deliberación general, y de la consecuente síntesis que todo ello sea
capaz de generar. Del mismo modo, habría que interrogarse acerca de qué
entendemos por lo que llamo "visión integral de Cuba y propuesta
universal de país".
Los cubanos, por lo general, al identificar una presunta imagen y
proyección integral de país, lo hemos hecho sustentado en y en busca de
algún tipo de nacionalismo o de ideología. Con esto no rechazo que
visiones nacionalistas y/o ideológicas participen e influyan, en algunos
casos de manera determinante, en la cosmovisión que cualquier país tenga
de sí mismo. Todo lo contrario; conozco cuanto han aportado ambas, en
muchas sociedades, y en diferentes etapas y circunstancias históricas,
cuando han comprendido que resultan sólo un conjunto de elementos
importantes y no el único cuerpo esencial y totalizador de la identidad
social, de la identidad nacional, etcétera.
En tanto, cualquier imagen de Cuba que logremos será favorable si
consigue una apreciación universal e integral, pero no totalizadora ni
sesgada por el sobredimensionamiento de particularidades. Debe ser el
resultado de una síntesis consensuada acerca de las aspiraciones
compartidas, así como de los pilares e instrumentos imprescindibles para
desarrollar dichos anhelos comunes y también los afanes grupales,
sectoriales, particulares. Después, siempre podría y debería existir una
heterogeneidad de propuestas encaminadas a realizar progresivamente
tanto las aspiraciones compartidas como todo el universo dinámico de
anhelos singulares. Por ende, las diversas políticas, en cada momento y
lugar, y todas las propuestas de gobierno, deberían ser ubicadas dentro
de este último desempeño, por amplio y legítimo que lleguen a ser. De lo
contrario, podríamos confundir la parte con el todo, el acto justo con
la justicia toda, y por ende excluir cosmovisiones positivas,
potencialidades necesarias e intereses legítimos.
El actual momento histórico carece de estas posibilidades. Por ello,
estamos obligados a transitar por esos senderos de "re-fundación"; por
los cuales tal vez ya atravesamos, aunque quizás de una manera
insospechada y por tanto incomprensible muchas veces. En tal sentido,
podría resultar alentadora tanto la reducción de los fundamentos
ideológicos y nacionalistas que cuestiona Armengol, como la convivencia
de imágenes distintas, para él contrapuestas, como por ejemplo: Bolívar
y Marx, nacionalismo posmarxista o católico y socialismo del siglo XXI.
Ambas cuestiones criticadas por este destacado intelectual, lejos de
representar un peligro, muestran una potencialidad del difícil momento
presente. Nadie ha querido, podido o logrado "imponer" una visión de
Cuba, un proyecto de país, y esto resulta positivo, pues ello no puede
ser obra de facciones, de particulares. Por otro lado, brotan de las
entrañas de la Isla las expresiones de todo un entramado vivo (marxista,
posmarxista, católico, socialista, liberales, etc.) que debe aportar y
armonizar todos y cada uno de los condimentos de nuestro ajiaco
identitario, todas y cada una de las esencias de nuestra pluralidad social.
En tal sentido, resalto la virtud de Alejandro Armengol, muchas veces
ensombrecida por tantos actores socio-políticos cubanos, cuando señala
su respeto por los varios proyectos en la Isla y concede legitimidad a
casi todos. Sin embargo, a diferencia del autor, me complace que ningún
proyecto en particular, que ningún bloque de visiones, haya querido y/o
conseguido, desde su singularidad, por abarcadora que pueda llegar a
ser, "conquistar o usurpar" la hegemonía de una nueva visión integral de
Cuba y de una nueva propuesta universal de país. Reitero que lo anterior
únicamente será auténtico y beneficioso sólo si construye unos mínimos,
aunque mínimos cardinales que atraviesen los anhelos históricos y
presentes de la ya transnacional sociedad cubana, capaces de garantizar
y fundamentar las dinámicas y los fines de toda la diversidad de cubanos.
No obstante, sí ratifico que toda esa heterogeneidad social tiene la
responsabilidad de participar e influir en la prefiguración del presente
y del futuro, y en la renovación de la propuesta de país. De lo
contrario, cualquier propuesta, por redentora y amplia que resulte,
podrá ser un ofrecimiento al país, pero no una promesa o un compromiso
del país. Cuba ha de ser la posibilidad para el desarrollo de las
circunstancias que nos integren a todos de manera equitativa y armónica.
Como dijera José Martí, en un discurso pronunciado en Tampa, el 26 de
noviembre de 1891: "O la república tiene por base el carácter entero de
cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por
sí propio, el ejercicio íntegro de los demás; la pasión, en fin, por el
decoro del hombre, o la república no vale una lágrima de nuestras
mujeres ni una sola gota de sangre de nuestros bravos."
III
Lo anterior demanda un ensanchamiento de las posibilidades para la
participación ciudadana en todos los ámbitos y dimensiones de la
sociedad. Casi todos los cubanos, aun la generalidad de las personas más
comprometidas con la oficialidad, comprenden la necesidad de rediseñar
el modelo social, en aras de conseguir un mayor empoderamiento de la
ciudadanía y un entramado institucional que aumenté las potencialidades
de la soberanía popular.
En tal sentido, existen numerosas maneras de concebir este desarrollo,
la mayoría sustentada por disímiles conceptualizaciones afines a
comprensiones ideológicas clásicas. En las actuales circunstancias, tal
vez puedan tener ventajas aquellas formulaciones comprometidas con los
paradigmas socialistas que gozan de preferencia por parte de las
autoridades políticas, estatales y gubernativas. En todo caso, la
legitimidad de las reformas del modelo, sería acrecentada en la medida
en que los cambios aumenten las capacidades de participación, en un
contexto económico y social que tiende a engrandecer ciertas
desigualdades. En fin, el éxito estaría en la capacidad de asegurar
mecanismos de participación en el diseño, aprobación, gestión y control
de las políticas públicas; o sea, en la socialización creciente del
poder político.
Este constituye uno de los desafíos sobre el cual Armengol no pronostica
desarrollo. Para él, como para otros, el único propósito de la actual
dirigencia cubana es conservar el poder, no soltar el control del país.
Estos defienden su desconfianza a partir de la ya tradicional práctica
de gobierno, que no solicita la iniciativa política, ni reconoce a otras
entidades la posibilidad de definir opciones de política, ni siquiera
como asesoría. No obstante, opino que dentro de esa dirigencia llamada
histórica, y de sus herederos políticos, se amplía el consenso en cuanto
a la necesidad de extender e intensificar las dinámicas de participación
y sus garantías.
Recientemente el presidente Raúl Castro acaba de proponer la
actualización y fortalecimiento del pacto social. Esto podría constituir
un hecho de importancia para el progreso de la participación ciudadana
diversa, plural. Para ello, el primer mandatario aspira a conceptualizar
"qué socialismo queremos". En tanto, como he señalado en otras
ocasiones, un debate universal, flexible y pluriforme, podría cincelar
una definición capaz de integrar dentro de una "aspiración socialista"
toda un gama de anhelos diversos que pueden resultar legítimos si se
sostienen en la buena voluntad y en el compromiso social, como por
ejemplo: colectivistas, comunitaristas, socialistas de diferente tipo,
republicanos de diversos matices y liberales sociales.
Esto sería viable si el proceso no se aleja, sino más bien se acerca o
trasciende el compromiso con definiciones tales como la refrendada, en
1992, en el artículo primero de la Constitución de la República, que
promete lo siguiente: "Cuba es un Estado Socialista de trabajadores,
independiente y soberano, organizado con todos y para el bien de todos,
como república unitaria y democrática, para el disfrute de la libertad
política, la justicia social, el bienestar individual y colectivo y la
solidaridad humana." Sin embargo, reitero, falta por constatar si esta
deliberación, llamada a incorporar diversos mecanismos y múltiples
formas de participación directa, logra efectuarse a través de
metodologías que aseguren su efectividad en el escaso tiempo disponible.
Por otro lado, resulta favorable que se intente sólo la
conceptualización y no el rediseño de todo el modelo. Esto podría
colocar el ensanchamiento de la participación ciudadana dentro de las
coordenadas y las metas compartidas que deben resultar acordadas
socialmente, lo cual debe aportar al proceso mayores cuotas de
serenidad, estabilidad y legitimidad. En tal caso, el modelo se iría
rediseñando progresivamente, en la medida en que la ciudadanía
acreciente su empoderamiento y aumente sus capacidades de participación
efectiva. De este modo, en cada momento el modelo social podría resultar
mucho más consecuente con la(s) imagen(es) de país que emane(n) de la
antropología y la sociología "nacional".
IV
Ahora bien, todo esto resultaría posible y no sólo deseado, si todos los
proyectos, incluso todos los imaginarios sobre Cuba, están dispuestos a
compartir el país y a construirlo juntos. Además, se hace necesario que
esto no sea asumido sólo como un valor conceptual y altruista, sino como
una filosofía, como una dinámica, como una práctica, como una cultura.
En tal caso, no podríamos concebir como antagónicos, sino como
complementarios, por ejemplo: a Bolívar y a Marx, al nacionalismo
posmarxista o católico y al socialismo del siglo XXI.
Esta lógica, esta realidad, aunque carezca de forma y de proyección
pública nacional, se va imponiendo en la sociedad cubana. Por ello, la
figura del "intelectual orgánico", sobre todo en relación con el
gobierno y el PCC, modestamente cede paso a un quehacer intelectual cada
vez más autónomo. El autor del artículo hace referencia a esta cuestión,
pero no alcanzo a comprender si lo considera positivo o negativo.
Sostiene, con razón, que en este desempeño el intelectual va dejando de
ser militante de una política activa, pero asegura también que resulta
neutro, lo cual contradice al resaltar que desea mantenerse como fiel
guardador de los "valores patrios". Muchas veces la autonomía y la
neutralidad no resultan un binomio. En tal sentido, la referencia de
Alejandro Armengol al tema podría interpretarse como una re-creación del
pensamiento más comprometido con la conciencia individual del
intelectual, y por ello más auténtica, sin desdecir de su necesario
compromiso con la historia, con la sociedad, con las circunstancias.
Esto constituye un salto cualitativo que debe trasladarse a la lógica de
toda la participación ciudadana que hemos de promover, tanto social,
como cultural, económica, política, jurídica… En esta materia, Armengol
no espera un desarrollo inmediato y eficaz, y lo argumenta cuando
asegura que tenemos "un precario entrenamiento para ejercer derechos
civiles y políticos, o (que) en general (estamos) poco preparados para
asumir riesgos a la hora de obtenerlos".
Yo, en cambio, estoy seguro que los cubanos podrían sorprender a muchos.
La cuestión no es de aptitudes, sino de actitudes que son facilitadas u
obstaculizadas por determinadas circunstancias. En varias ocasiones he
sostenido que revertir esta realidad constituye uno de nuestros grandes
desafíos y que para hacerlo hace falta trabajar, al menos, en tres
grandes direcciones. La primera, garantizar el desarrollo de un modelo
económico y social que asegure el mayor bienestar posible de todos y
facilite así la disponibilidad de los ciudadanos para servir a la
comunidad. La segunda, promover un espacio mucho más universal y
profundo para el desarrollo de la espiritualidad, la cultura y la
educación de toda la sociedad, para garantizar que el compromiso social
de la ciudadanía se enrumbe hacia la consecución de un pueblo que, cada
vez más, ame la libertad responsable y se comprometa en la construcción
de la justicia. La tercera, cincelar una estructura política –si se
quiere socialista- que asegure a todos, y sobre todo a los más jóvenes,
construir el país que desean.
V
Una ruta como la esbozada en estas páginas conduce al bienestar general
sólo si cada cual ofrece su singularidad positiva, y las singularidades
favorables que comparte con otros, para que integren el patrimonio
colectivo. En tanto, cada cubano siempre deberá discernir su aporte a
cada presente y al futuro todo. En este sentido, desde hace mucho tiempo
algunos de nosotros, cristianos católicos, hemos procurado estudiar y
trabajar uno de los temas tratados por el articulista: el "nacionalismo
católico", sin nada sustancial y creativo que ofrecer a Cuba en el siglo
XXI –según el autor del trabajo referido.
Lo que pudiera considerarse como "nacionalismo católico" podría
encontrar raíces en el quehacer del Colegio-Seminario de San Carlos y
San Ambrosio, de La Habana, durante una etapa de la primera parte del
siglo XIX cubano. Allí, bajo la protección del obispo Espada, los
sacerdotes José Agustín Caballero y Félix Varela, y otros católicos
seglares, como por ejemplo: José de la Luz y Caballero, José Antonio
Saco y Tomás Romay, comenzaron el sueño de Cuba, en proporciones
grandes, con ideas inteligentes y bienhechoras, con dinámicas creativas,
y a partir de un compromiso real con la Isla y sus habitantes, entidad
ya asumida por ellos desde entonces como "la patria".
Allí comenzaron a establecerse los pilares que han acompañado la
historia de la nación. Entre ellos se encuentran: la consolidación de la
soberanía nacional, la promoción del ejercicio responsable de la
libertad, el continuo crecimiento humano de cada cubano, el anhelo de ir
construyendo una democracia cada vez más plena, la debida socialización
de toda la riqueza económica que seamos capaces de alcanzar y el
progreso de los desfavorecidos. Todo esto desembocó en una síntesis
inconmensurable a través del pensamiento y la obra humanista de José
Martí. Igualmente, dicha creación intelectual y práctica de la nación ha
sido enriquecida posteriormente por el desempeño patriótico de sucesivas
generaciones de cubanos.
Sin embargo, la evolución de tal comprensión de lo cubano continuó por
otros senderos y con la influencia de otras cosmovisiones, que también
aportaron mucho bien. Entre tanto, la metrópolis española se encargó de
alejar a la Iglesia Católica de estos menesteres, y para ello utilizó el
Patronato Regio. Con esta facultad sobre la institución, enrumbó su
gestión hacia la "des-cubanización" del clero y hacia la identificación
de la fe católica de los cubanos con la fidelidad a una Metrópoli nada
compasiva. No obstante, aquella labor del Colegio-Seminario de San
Carlos y San Ambrosio fue tan importante que no pudieron dejar de beber
de sus fundamentos libertarios casi ninguno de los patricios que
hicieron posible la nación y la independencia, por lejanos que
estuvieran de la fe católica, y actualmente aún interpela, convoca y
conmueve a muchos cubanos. Tal vez quienes mejor han expresado la
presencia de este "espíritu" durante el siglo XX han sido Cintio Vitier
y Fina García Marrúz.
La "des-cubanización" del clero y la identificación de la fe católica
con la fidelidad a la Metrópoli durante el siglo XIX, hicieron que la
Iglesia, una vez lograda la independencia de España, entrará en la
República con desventaja y exigua influencia. Poco a poco se fue
recuperando y logró, sobre todo por medio de los colegios católicos
privados, un laicado pequeño, pero significativo y bien formado, con
vocación para influir en la sociedad.
En tal empeño, dicho laicado no fue ajeno a los principios identitarios
de lo cubano, ni a muchos intereses de otros sectores sociales, pero
fundamentó su proyección social privilegiando las cosmovisiones y
preferencias del grupo, que tendió demasiado al singularismo y a la
homogeneidad en casi todos los sentidos. En su desarrollo fue logrando
un humanismo de inspiración evangélica, con enfoques que pudiéramos
considerar como socialcristianos y, sobre todo, democratacristianos.
Ello fue, es y continuará siendo legítimo. Sin embargo, esta cosmovisión
sobre el seglar católico y el consecuente posicionamiento social, fue
alejando al laicado de una posición católica generalizada que
pretendiera una multiplicidad de presencias en todo el entramado
nacional, a través de disímiles dinámicas, ya sean institucionales y/o
personales de cada católico, propias de un cristianismo con vocación
universal, capaz de ser fermento de las más diversas subjetividades, en
cada ámbito y dimensión de la vida nacional. El cardenal Arteaga trabajó
mucho para lograr una perspectiva así por parte del laicado, pero no lo
consiguió de la manera debida, en el tiempo oportuno. Este proceso logró
cierta participación católica en la sociedad cubana, pero debilitó la
noción de la cuota católica en cada realidad de la nación. A esto se
refieren algunos cuando mencionan al llamado "nacionalismo católico",
que mayoritariamente nunca ha pretendido la quimera de una sociedad
generalmente uniforme y militante del catolicismo.
Después del triunfo del 1 de enero de 1959 la Iglesia fue quedando al
margen de los quehaceres sociales, con escasísima influencia. Décadas
más tarde logró articular un proceso interno, llamado Reflexión Eclesial
Cubana, para definir y consensuar cómo trabajar con el propósito de
comenzar a integrarse, con efectividad, en la dinámica social cubana de
entonces. Este quehacer culminó en 1986, con gran evento denominado
Encuentro Nacional Eclesial Cubano, donde la institución argumentó que
deseaba trabajar en Cuba, a favor de todos los cubanos, por medio de la
oración y la misión, y que para ello se encarnaría en toda la sociedad.
Algunos consideraron que esto parecía significar un retorno a esa noción
de lo católico en los fundamentos del desempeño nacional.
Convencidos de lo anterior –aunque tal vez en buena medida equivocados-,
asumimos la dirección de la revista católica Espacio Laical. Lo
hacíamos, además, en un momento de la historia en el cual para nosotros
estaba clara la necesidad de resaltar y desarrollar "lo cubano", como
elemento nuclear de la deseada armonía en la diversidad, imprescindible
para desatar debidamente las potencialidades de toda la nación, y salir
así de la crisis que padecemos desde hace décadas. Por tanto, para
aportar a todo esto, desde esa visión evangélica antes mencionada,
dedicamos una década de nuestro trabajo en dicha publicación de la Iglesia.
Sin embargo, los afectos a favor de las cosmovisiones y preferencias
acumuladas durante más de un siglo, y a favor de sus consecuentes
singularismos y uniformidades, han sofocado en gran medida el
razonamiento alcanzado en torno al significado real de trabajar en Cuba,
a favor de todos los cubanos, por medio de la oración, la misión y la
encarnación en toda la sociedad. Sectores importantes en la estructura
eclesial, que son en definitiva quienes deciden el rumbo de la
institución y hasta osan certificar qué es o no católico, comenzaron a
percibir el desempeño de Espacio Laical como algo raro, contaminado y
peligroso.
Desaprobaban, con bastante irritación, que participaran, en igualdad de
condiciones, sin preponderancia de lo católico, marxistas, socialistas,
anarquistas, liberales, etc. Del mismo modo, señalaban continuamente su
disgusto porque también dábamos participación (real y efectiva) a
personas cercanas a la oficialidad, y no sólo a ciudadanos autónomos o
distantes del gobierno. Se exacerbaban, casi hasta la convulsión, cuando
reclamábamos un quehacer político leal a la nación; y por ello pedíamos
ser constructivos, y nunca dañar al pueblo al implementar políticas
favorables al gobierno o en contra del mismo. Esto último intensificó el
movimiento en contra de lo que hacíamos, tanto por parte de sectores que
ocupan las estructuras eclesiales en la Isla, como por parte de católico
cubanos radicados en Miami. Ambos círculos dejaron bien claro que
habíamos llegado demasiado lejos, porque solicitar comedida en la "lucha
política" constituye una debilidad o una traición, aunque esto sea en
nombre de los que sufren. Por todo esto, y por las consecuencias que
trajo para nuestras personas y nuestras familias, renunciamos a la
dirección de la revista y a todo lo que hacíamos en la institución.
Esto, sin considerarnos paladines de ese llamado "nacionalismo
católico", puede ser un signo del ostracismo que padece esta opción.
No obstante, seguiremos intentando mostrar esa manera posible de
integrar "lo católico y lo cubano", tan bien esbozada por el padre Félix
Varela desde el siglo XIX y por monseñor Carlos Manuel de Céspedes,
durante la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, en ocasiones también
me descubro pensando que tal vez en el futuro próximo muchas posturas
continúen siendo según su manera tradicional, pero otras tantas serán
capaces de incluir ideas y modalidades nuevas, e incluso podrían lograr
síntesis con consideraciones que ahora pueden estimar ajenas. En tanto,
quizás estemos ante un nuevo comienzo, en el cual sin dejar de ser
quienes hemos sido históricamente, logremos un salto cualitativo que nos
haga realmente dignos herederos de esa historia.
VI
Es posible encontrar en todas nuestras carencias actuales y en todo
aquello que no ocurre según los modos que consideramos pertinentes, una
oportunidad de intentar y conseguir algo nuevo, distinto, mejor. Los
vacíos y las descomposturas de hoy no tienen por qué ser una derrota,
sino más bien un reto que nos reclama entusiasmo, compromiso y
creatividad. Por ello, invito a Alejandro Armengol a seguir, como tantos
otros, promoviendo el trabajo de todos para cerrarle cada vez más el
paso a esa triada que le disgusta y preocupa: la incertidumbre perpetua,
la esperanza idílica y la apatía total.

Source: Ni incertidumbre perpetua, ni esperanza idílica, ni apatía total
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