Cuba: la derrota estratégica (II)
Los Estados Unidos han derrotado al gobierno cubano en el lugar menos
esperado: dentro de Cuba. La Revolución cubana se fundamentó en un
arcaísmo político: identificar modelo, nación y liderazgo. Esa visión
derivó en la construcción deliberada del subdesarrollo como condición
necesaria de la independencia nacional
jueves, mayo 22, 2014 | Manuel Cuesta Morúa
LA HABANA, Cuba -Los Estados Unidos han derrotado estratégicamente al
gobierno cubano en el lugar menos esperado: dentro de Cuba. La teoría
del socialismo en un solo país, que empezó con Lenin, fue reforzada de
algún modo por Stalin, y a la que se oponía Trostky, con mucho criterio
histórico e intelectual, implicó desde el principio el reconocimiento
político de la imposibilidad del socialismo en cualquier país. Aunque
algo había que hacer con el poder conquistado y saboreado.
Pero desde su perspectiva Marx, el responsable etéreo de tanta grosería
histórica, tenía razón: el socialismo triunfaba sobre una base mundial o
no era. Basta conocer los orígenes históricos y estructurales del
socialismo para darse cuenta que los socialismos nacionales son una
simple estafa política sin un serio sedimento intelectual. Sin ser
teóricos, Ernesto Guevara y Fidel Castro intuyeron este fundamento. Su
exportación del producto revolucionario podía ser y se verificó como una
mera ambición de imperialismo desclasado, que respondía, sin embargo, a
una idea vigorosa y tensa: el socialismo es la ruptura de las fronteras.
Por lo que el triunfo pleno del derecho internacional impuesto después
de la Segunda Guerra Mundial, una vez concluida la Guerra Fría,
significó para el gobierno cubano la imposibilidad de defender su modelo
al interior del país frente a su enemigo histórico. Si exportar
revoluciones constituye un pecado, defenderla al interior se convierte
en una odisea. La razón compleja es que, como mero nacionalismo, la
Revolución Cubana solo tenía por misión racional cerrar el ciclo
político de la independencia y dignidad nacionales que se fundaba en un
proyecto económico e institucional bastante exitoso: el peso cubano
equiparado al dólar, como realidad económica, y la Constitución de 1940,
como hecho institucional, constituían dos datos promisorios del país que
podíamos ser.
Pero la Revolución cubana se fundamentó en un arcaísmo político:
identificar modelo, nación y liderazgo. Esa visión primaria de la
convivencia posible derivó en un proyecto inevitable: la construcción
deliberada del subdesarrollo como condición necesaria de la
independencia nacional. Y esa ha sido la peor apuesta estratégica desde
que Cuba fue imaginada como Cuba.
Destruido su modelo, Cuba está arrinconada como nación. Y frente a los
Estados Unidos, que son una nación que se piensa a sí misma un siglo por
delante. No voy a relacionar datos sino hechos que conforman una
tendencia histórica que al menos a mi me preocupa. La derrota del
nacionalismo cubano, social y culturalmente, define el proceso. El
modelo de éxito y bienestar, y no solo para la generación de nuestros
hijos, radica en los Estados Unidos. Muchos de nuestros padres y abuelos
viajan allí para insertarse en la generosa estructura de seguridad
social que se ofrece en aquel país para los ancianos. Un hecho
humillante, que conviene no analizar desde el punto de vista moral. Como
modelo cultural ni hablar. Los paradigmas siempre estuvieron en el
Norte, como decían mis abuelos. Ni el realismo socialista ni la
popularidad de la orquesta Van Van lograron destruir la mentalidad
modernista que tiene a los Estados Unidos como santo y seña. Hoy el
fenómeno está cristalizado frente a los gritos patéticos de impotencia
de la comisaría ministerial de cultura, totalmente abandonada por la
implosión del pensamiento. Nunca como hoy se ha extrañado tanto a los
pensadores de la nación.
Y los Estados Unidos han hecho un diseño técnicamente impecable:
debilitar la virulencia política del nacionalismo anti norteamericano
del gobierno a través del otorgamiento de visas de 5 y 10 años a los
viejos y futuros combatientes de la revolución eterna. El problema de
esto, para nosotros se entiende, o quizá para algunos de nosotros, se
diría mejor, está en que el nacionalismo se debilita en una de sus
posibilidades actuales y modernas: la ciudadanía como base de los
derechos dentro de un país y de un modelo político. Destroza nuestro
proyecto de futuro el hecho de que un cubano con ciudadanía española
―que actúa como ciudadanía adelantada y subsidiaria de la
norteamericana― tenga más derechos como español que como cubano. Aquí no
se trata solo del despoblamiento por emigración, sino del adiós a Cuba
como proyecto auto centrado. Esa experiencia común vivida a lo largo de
una continuidad intergeneracional como base espiritual de una nación se
fue a bolinas. En las agencias de viaje al extranjero hay más filas que
en las bodegas de la isla.
Este plato ingesto no se confecciona siquiera con alimentos propios. La
economía cubana, se sabe hasta la saciedad, no es economía rigurosamente
hablando. Lo único que nos queda como modelo es la extracción de
recursos ajenos, en forma de productos, dinero, inversiones, remesas,
tecnología y knownhow para ver si se puede prolongar la ilusión o
construir una nueva. En este sentido, el duro concepto de soberanía
asumido aquí nos abandona sin misericordia.
Los dos últimos fracasos: la Zona de Desarrollo del Mariel y la Ley de
Inversiones Extranjeras han sido pensadas tardíamente como
desfallecimiento ante la economía norteamericana. Estas dos herramientas
supuestamente ejemplares, y aplaudidas como despegue potencial, colocan
todas nuestras redes económicas posibles en el circuito comercial,
tecnológico y financiero de los Estados Unidos, después del
debilitamiento ex profeso del incipiente tejido económico nacional que
se viene creando a partir de cientos de miles de actores económicos
individuales dentro de la isla. De ahí que las protestas imploradoras
por la eliminación del embargo estadounidense constituyan una burla
impune si se analiza que el gobierno cubano bloquea la importación libre
de mercancías desde los mismos Estados Unidos que puede hacer el pequeño
sector privado de Cuba. En todo caso, estamos atados a esa nación tanto
los de arriba como los de abajo. Los primeros a través del capitalismo
de Estado, y sus necesidades de inserción global, y los segundos a
través de la economía colaborativa, y nuestras necesidades de supervivencia.
Cuba está pues derrotada frente al vecino. Es de tal magnitud el asunto
que casi ya no importa el análisis de la mediocridad que ha supuesto el
castrismo en nuestro tortuoso imaginario histórico. Cuando uno se
confronta con el adversario, trata de encontrar primero el núcleo básico
de su pensamiento, si es filosófico mejor, para contrastarlo desde dos
ángulos: desde las ideas mismas y desde las realidades. El castrismo no
nos da esa oportunidad, excepto en los exabruptos de un par de poetas
caídos y algún sociólogo escolástico.
Y ante la derrota construida por los otros, los del poder, solo cabe la
imaginación creativa desde una certeza: si la revolución cubana es ese
mito de Sísifo que fue perdiendo con el paso del tiempo las energías
para escalar la montaña, la Cuba del futuro necesita pensarse y
construirse simultáneamente centrándose en sus propios desafíos, bien
pegada a la tierra y sin competencias geoestratégicas con un vecino, con
el que solo debería interesarnos vivir en paz y mutuo respeto como dos
sociedades libres.
Competir con nosotros mismos es la tarea histórica que nos falta.
Source: Cuba: la derrota estratégica (II) | Cubanet -
http://www.cubanet.org/opiniones/cuba-la-derrota-estrategica-ii/
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