Castro el memorioso
By ALEJANDRO ARMENGOL
Demasiados revolucionarios en Cuba añoran ser escritores. Memorias,
testimonios y diarios de combate han terminado por llenar los estantes
de las bibliotecas, y por crear una bibliografía cuyo último destino en
muchos casos es hacerles consumir una enorme cantidad de tiempo a los
investigadores. Encontrar un dato o una cita que merezca la pena es una
labor cada vez más ardua. Ahora Fidel Castro se ha sumado a ese empeño.
Primero fue Ernesto Che Guevara, con sus ataques -- el famoso pecado
original de los intelectuales cubanos-- y una vocación medio frustrada
por convertir en literatura sus recuerdos de guerra.
La realidad ha terminado por superar la frase del guerrillero: lo peor
de muchos revolucionarios cubanos es que han pretendido ser intelectuales.
Durante los primeros meses de su convalecencia, Fidel Castro se apropió
de un libro ajeno y convirtió una larga entrevista --y un montón de
declaraciones-- en una especie de testamento literario. Hizo el libro
suyo, lo nacionalizó, intervino, y terminó incorporándolo al patrimonio
de la isla. Se dedicó a firmarlo y regalarlo a invitados extranjeros.
Todo aquel esfuerzo --cuando aún se encontraba débil y se ponía en duda
su recuperación-- para hacer realidad algo que había dicho con anterioridad.
Cuando apareció publicada la autobiografía de Gabriel García Márquez,
Fidel Castro confesó su envidia literaria.
Entonces el ex gobernante cubano dijo que, de reencarnar, preferiría
hacerlo como escritor. Reconoció que todo lo hubiera cambiado por una
labor más íntima: una novela bien escrita, un verso logrado, el cuento
que se vuelve a leer con agrado varias semanas después de hecho.
La ocasión no era propicia, y Castro se limitó al deseo de una tarea no
emprendida. Culpó a la historia de ser un gobernante por tantos años.
Un poco mejor de salud, comenzó a reparar ese error del destino. Se
dedicó al periodismo para ilusionarse con una vocación que nunca
desarrolló. Quizá encerrado y enfermo imaginaba poemas que no podía
escribir.
Su recuperación actual abre una nueva etapa. Asistimos al momento en que
Fidel Castro puede consolidarse como escritor en pleno. Acaba de
publicar un libro y prepara su segunda parte. Es de esperar que las
traducciones se sucedan. Nada parece detenerlo en esta hora.
En este renacimiento público, Castro parece dispuesto a convertir en
realidad ese deseo literario. La vuelta a la escena es también su
reencarnación como escritor.
Si de lamentos se trata, al pesar se une lo relativamente fácil que
hubiera resultado evitar el castrismo. De acuerdo a esta perspectiva
libresca, todo podía haberse resuelto de forma más satisfactoria para
Cuba, de haber existido, durante la época republicana, un mayor
reconocimiento para los creadores: un buen concurso de narrativa, más
revistas prestigiosas que hubieran permitido al joven Castro desarrollar
una carrera que nunca ha podido desempeñar hasta ahora. Ya anciano, sabe
que no le queda tiempo para hacer pininos y se lanza a publicar en
grande: libro de 896 páginas, con fotos, mapas y documentos.
Cuando se suma al homenaje a Gabriel García Márquez, en la revista
Cambio, Fidel Castro alcanza no sólo su dimensión como escritor, sino
que confiesa su pena por no haberlo sido a plenitud. Es importante
detenerse en este momento, desechar la sospecha de que se trata de un
texto escrito o arreglado por otro. Vale la pena concederle la
posibilidad del logro literario. Porque si Castro aparentó despojarse
por un momento del poder y aparecer como escritor, nos brindó entonces
un atisbo de su personalidad, de su verdadera naturaleza.
La revelación llega cuando, al referirse a su experiencia durante el
Bogotazo, describe cómo se dedica a ayudar a otro a desbaratar una
máquina de escribir. Curiosa elección para alguien que sólo quiere vivir
de nuevo para dedicarse a escribir. Castro rompe con fuerza el
artefacto, le ahorra el esfuerzo al desconocido que la había emprendido
a golpes contra la máquina. La emprende con saña contra el instrumento:
``la lancé hacia arriba y voló en pedazos al caer contra el piso de
cemento''.
Hay otro aspecto. Al narrar lo que vivió durante los días del Bogotazo,
Castro transmite la experiencia de un joven que es espectador y
protagonista de un hecho histórico. Lo narra desde la perspectiva del
recuerdo, de la experiencia que se vive para ser escrita: un relato en
que repasa ``las imágenes grabadas en la memoria''. Ejerce la tarea del
que se siente obligado a recurrir a la palabra escrita para expresarse.
Esta narrativa de memorias es la pauta que ha continuado en su libro
actual, La victoria estratégica, donde resume su infancia y juventud.
Entre los fragmentos dados a conocer del libro, hay uno que llama la
atención, ya que desnuda su vanidad: ``Un pan con mantequilla que
llevaba en la mano (...) se lo lancé al rostro al inspector, y luego lo
embestí con manos y pies de tal forma, delante de los alumnos internos y
externos, que su autoridad y sus métodos abusivos quedaron muy
desprestigiados. Fue un hecho que se recordó en esa escuela durante
bastante tiempo''. En una situación que semeja una versión cubana de
David Copperfield, la conclusión del narrador es el impacto en la
memoria colectiva. La recordación del hecho como hazaña no es más que el
enmascaramiento de una ``perreta'' de niño rico. ¿De cuántas otras
malacrianzas no están llenos estos 50 años?
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