La dictadura fósil
Sigue siendo un enigma por qué un gobierno retrógrado, conservador y
recalcitrante recibe el apoyo y el aplauso continuado de las fuerzas del
supuesto progresismo mundial.
Joan Antoni Guerrero Vall
junio 21, 2013
Cuba se dirige a una zona de fosilización, o quizás ya lo esté hace
rato, mientras el mundo sigue a la expectativa desde que Castro I medio
desapareció de escena. La expectación parece que durará tanto como la
propia dictadura, camino de la eternidad. Los cambios implementados por
Raúl Castro permiten reconocer siempre la misma foto fija, aquella en la
que los derechos humanos siguen sin ser reconocidos de forma efectiva,
ni mucho menos respetados por las autoridades que deberían verse
obligadas a salvaguardarlos. La organización internacional Human Rights
Watch, en recientes declaraciones de uno de sus portavoces, ha repetido
que lo que sucede en la Isla es "una anomalía", teniendo en cuenta el
marco regional en el que se encuentra.
De hecho, ya el interés de lo cubano no reside tanto en su modelo
pretendidamente alternativo frente a otra forma de entender la
organización social, lo que el mundo se ha empeñado en considerar
románticamente como una "revolución"; el interés de lo cubano reside más
bien en observar las claves que permiten a un grupo de poder, cuya obra
no es más que un monumento al fracaso, permanecer en la cúspide sin que
un pueblo entero, un sistema judicial independiente o una comunidad
internacional comprometida pueda removerlos de esa posición que ocupan,
no tranquilamente, pero sí quizás cómodamente, al menos durante los
últimos 54 años. Además, sigue siendo un enigma por qué un gobierno
retrógrado, conservador y recalcitrante recibe el apoyo y el aplauso
continuado de las fuerzas del supuesto progresismo mundial.
En los últimos meses se han producido varias noticias que, de una forma
u otra, han sido consideradas una "esperanza" para desencadenar algún
tipo de desenlace a esta situación en la que se encuentra Cuba. Por un
lado, está la reforma migratoria y la posibilidad de que los opositores
salgan al exterior y tomen contacto con un mundo totalmente opuesto a su
realidad cotidiana. Por el otro, una timidísima apertura de Internet que
para algunos podría ser un coladero interesante de ideas libertadoras.
Sea como sea, ambas esperanzas podrían acabar siendo un tremendo fiasco.
Acabo de llegar de Lituania donde he tenido varios encuentros con
activistas y opositores bielorrusos que me han hablado de su lucha para
cambiar las cosas en su país, Bielorrusia, gobernada por un
intransigente, amigo del gobierno cubano, Alexander Lukashenko.
Bielorrusia no tiene nada que ver con Cuba, pero hay algunos elementos
en común, y entre éstos hay la existencia de un régimen autoritario para
el que los derechos humanos no son más que un chisme de Occidente. El
desprecio institucional hacia valores como la libertad individual o la
democracia ha calado absolutamente en la mente de los ciudadanos, de
manera que a veces un activista puede darse de bruces contra un muro de
incomprensión si trata de que su discurso a favor de las libertades
individuales encienda alguna que otra chispa en la conciencia de los que
viven en cautiverio.
Porque el problema no es únicamente el dictador, ni tampoco el gobierno.
El problema puede ser más complejo, por lo que un cambio radical en el
sistema necesita de una transformación de mentalidad entre las personas
que viven esa realidad. Y eso no se consigue solamente tumbando a un
dictador, o a un gobierno. Otro ejemplo de esto lo tenemos bien claro en
Egipto, donde todas las esperanzas de cambio se han difuminado tras el
aquelarre revolucionario de la plaza Tahrir y todas las revoluciones de
la Primavera Árabe.
No basta con disponer de Internet ni tampoco de movilidad si las ideas
que pueden originar un cambio real no convencen ni están en el
diccionario de los que durante largos años han sido instruidos en
sentido contrario. La red social rusa Vkonktate recibe tres millones de
visitas de Bielorrusia al día, mientras que la página web con noticias
alternativas de la oposición solo registra 100.000 en sus mejores días.
A pesar de la conectividad de los bielorrusos a Internet, entre sus
intereses no parece estar el de visitar las páginas de la oposición.
Tener información al alcance, lamentablemente, no siempre es sinónimo de
ser capaz de procesarla en un sentido positivo.
Source: "La dictadura fósil" -
http://www.martinoticias.com/content/article/23682.html
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