21 de marzo de 2014

Un drama demasiado extendido

Un drama demasiado extendido
FERNANDO DÁMASO | La Habana | 21 Mar 2014 - 8:35 am.

Es el de la familia cubana: dividida en Isla y exilio, alejados padres e
hijos por las tareas políticas.

Tratar de la familia, en la mayoría de los países, resulta un tema
agradable. Sin embargo, en Cuba no lo es, pues conlleva una elevada
dosis de tristeza.

Marta y Pedro vivían en Santos Suárez. Se habían casado a mediados de
los años cincuenta y tenían dos hijos varones. Pedro trabajaba en una
agencia de publicidad y Marta, aunque había estudiado secretariado, se
ocupaba de la casa y hacía algunos trabajos de mecanografía, eran
felices y deseaban que se fuera Batista.

Con el triunfo insurreccional de 1959, Pedro se convirtió en político de
una unidad militar, mientras Marta criaba a los hijos y luchaba por el
día a día, en medio de las dificultades de todo tipo que ya comenzaban a
aflorar. Sus criterios divergentes sobre la situación hicieron surgir
incomprensiones y los fueron distanciando y, al final de los años 60,
Marta emigró ilegalmente con sus hijos.

Pedro se quedó solo y repetía a sus vecinos, que su mujer y sus hijos
habían muerto para él.

Desde su instauración en el poder, el régimen castrista dividió a las
familias, colocando de un lado a quienes lo apoyaban y, del otro, a
quienes lo repudiaban. Se distanciaron los padres de los hijos, los
esposos de las esposas, los hermanos entre si, los tíos, los primos y
todos los parientes. La ideología y las opiniones políticas de cada
quien pasaron a un primer plano, desplazando a todos los demás vínculos
y sentimientos.

Esta división se exacerbó, mediante la utilización de calificativos
denigrantes como "desafectos", "apátridas", "traidores", "gusanos",
"mercenarios", etcétera, aplicados a quienes pensaban diferente de la
línea gubernamental, y con la prohibición de mantener cualquier tipo de
contacto con ellos, más aún si se pertenecía al Partido Comunista (PCC)
o a la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), se era militar o se ocupaban
cargos en cualquier organismo, institución o empresa estatal.

Pedro, que además de militar era militante del PCC, cumplía al pie de la
letra esa prohibición y exigía su cumplimiento por quienes lo rodeaban.

Para la mayoría de las familias, dejaron de pertenecer a ellas sus
miembros que habían optado por el exilio, al menos hasta la llegada de
la Comunidad, cuando muchas, principalmente por razones económicas,
trataron rápidamente de restablecer los vínculos perdidos. Fueron los
tiempos en que era más importante tener un familiar de la Comunidad que
un militante del PCC. Para ese entonces, ya Pedro se había jubilado por
enfermedad, y lo que recibía de la seguridad social no le alcanzaba para
sobrevivir.

Vinieron a visitarlo sus hijos y lo ayudaron económicamente. Al
principio a Pedro le costó trabajo, pero después comenzó a aceptar el
dinero que estos le enviaban. Poco a poco volvió a reconocerlos y, al
menos con sus amigos, comenzó a hablar de ellos y de lo que hacían,
aunque manteniendo cierta distancia entre sus criterios.

Padres lejos, hijos maleducados

La familia, además de dividida, fue erosionada. Aquellas que
permanecieron en su totalidad dentro del país, tuvieron que afrontar que
hombres y mujeres participaran, alejados de sus hogares, en las
múltiples y prolongadas movilizaciones productivas y militares, las
primeras en el territorio nacional, y las segundas tanto en este como en
el extranjero, durante las denominadas misiones internacionalistas, que
no eran más en muchos casos que guerras en el extranjero.

Con la desaparición de la Unión Soviética, que daba el apoyo financiero
y el armamento para estas aventuras, las mismas decrecieron, pero han
sido sustituidas por el alquiler de profesionales a otros países, en una
variante moderna del trabajo esclavo: el Estado se queda con la mayor
parte del pago por el servicio prestado y el profesional recibe una
ínfima cantidad.

Con sus padres ausentes la mayor parte del tiempo, los hijos se criaron,
primero becados en las escuelas secundarias y preuniversitarios en el
campo, donde permanecían toda la semana con autorización de salida solo
al final de la misma; sometidos, además de a los estudios, a una intensa
preparación política e ideológica, tratando de crear un hombre nuevo que
respondiera incondicionalmente a los intereses del régimen.

Eliminado más tarde este sistema educacional, por incosteable e
improductivo, la atención familiar de los adolescentes pasó a manos de
los abuelos, a quienes, por sus limitadas condiciones físicas, les
cuesta asumir plenamente esta gran responsabilidad. El resultado de
todos estos absurdos experimentos fallidos ha sido la pérdida de valores
éticos, cívicos y morales, que tanto se critica actualmente.

A pesar de todo este rosario de calamidades, por los golpes recibidos,
la situación de pobreza existente y la necesidad de unir los esfuerzos
para sobrevivir, las familias dispersas y separadas durante años se van
reencontrando y hoy, poco a poco, obviando al Estado y su retórica
catastrófica, vuelven a compartir espacios y a tener intereses comunes,
a pesar de haber dejado en el camino partes importantes de sus vidas,
que nunca podrán recuperar.

Pedro no ha sido ajeno a esta situación y ha restablecido plenamente la
relación con sus hijos. Ya tiene tres nietos, aunque el continúa
viviendo en Santos Suárez, en la vieja casa familiar, y sus hijos y
nietos en Estados Unidos. Marta se volvió a casar y ha hecho su nueva
vida en Argentina. A través de sus hijos conoce de Pedro el cual, con el
tiempo y los golpes recibidos, ha cambiado. Ya dejó de creer
incondicionalmente en las autoridades y, lentamente, ha ido aceptando
que perdió los mejores años de su vida y el disfrute natural de su familia.

El caso de Marta y Pedro es real. Con sus variantes y características
propias, con mayor o menor grado de dramatismo, pero siempre trayendo
laceraciones familiares, se ha repetido demasiado en nuestro país. Lo
que está sucediendo en las familias en los últimos tiempos es solo un
comienzo, pero enciende una pequeña luz de esperanza entre quienes, por
encima de ideologías y políticas, sufren a Cuba y desean para ella un
presente y un futuro diferente, donde todos los cubanos, sin odios ni
rencores, puedan disfrutar de paz, bienestar, tranquilidad y felicidad.

Source: Un drama demasiado extendido | Diario de Cuba -
http://www.diariodecuba.com/cuba/1395348942_7732.html

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