21 de marzo de 2014

La Habana, vida de perros (Tercera parte, final)

La Habana, vida de perros (Tercera parte, final)
Los nuevos ricos de la revolución crearon con su indolencia una nueva
raza de perro vagabundo
viernes, marzo 21, 2014 | José Hugo Fernández

LA HABANA, Cuba. – Se afirma que en la actualidad hay más de 200 mil
perros vagabundos en las calles de Cuba. Es un cálculo conservador. En
todo caso, solamente en La Habana y su periferia quizá sea posible
hallar por lo menos la mitad de esa cifra.

Y muchos más eran a inicios de los años 90, cuando el apogeo de lo que
tan graciosamente llamamos el Período Especial. Las calles estaban
erizadas de perros tristes y perplejos, a ojos vista recién abandonados
por sus dueños. Siempre hubo aquí perros echados a correr su suerte,
pero estoy seguro de que nunca antes se vieron tantos de una vez. Aun
así, lo más notable no iba a ser siquiera el número, sino el aspecto y
los rasgos físicos de aquellos desamparados.

En proporciones absolutamente inéditas, se trataba de perros "de clase":
cocker spaniel, pooddle, Fox Terrier, salchichas, chow chow, doberman…
es decir, no eran los perros de la gente pobre, que siempre
pertenecieron al grupo de los que por acá reconocemos como satos,
denominación retozona donde las haya para definir la raza de animales o
de cualquier otra cosa sin raza definida.

Parece que también en aquella ocasión nuestros conciudadanos mejor
alimentados (bien se sabe quiénes son y cómo viven y a costa de qué),
habían dado un paso al frente en la tarea de defender hasta la última
gota sus magras raciones.

Y así quedaba patentizado que aunque, como repite el tópico, los perros
son los mejores amigos de los seres humanos, no todos los humanos
actuamos por igual como sus amigos. Seguramente porque para comportarnos
como buenos amigos y solidarios con los perros, antes necesitaríamos
demostrar que lo somos con nuestras propias almas, y además con el resto
de los seres humanos.

Sucedió entonces algo muy curioso -cuyas consecuencias resultan
perfectamente verificables en estos días-, y es que la mayoría de
aquellos perros botados por sus dueños de una cierta alcurnia, fueron
recogidos por los pobres. Y nadie pregunte cómo los alimentaron, porque
sigue siendo un misterio.

De esta manera, se hizo corriente encontrar cocker spaniels, Fox
Terriers, pastores alemanes o dobermans en los solares y cuarterías del
Cerro, La Lisa, Luyanó o Guanabacoa. Y pronto empezamos a ver en las
calles habaneras una nueva clase de perro, en el cual se distinguían (y
aún se distinguen) claramente los cruces de salchichas, chow chow, o
lobos con satos, todo mezclado, como diría el poeta.

Hoy, ante esta historia pasada, que conserva su total vigencia en las
calles, los habaneros pobres continúan demostrando ser amigos de los
perros (los únicos que en verdad les quedan aquí), pero sin algarabía,
como corresponde al auténtico cariño. En tanto, la gente de alcurnia ha
resuelto armar campaña propagandística en defensa de los perros, pero
sin poner mientes en los mejores amigos de los perros, o sea, las pobres
personas del Cerro, La Lisa, Luyanó, Guanabacoa… las cuales sobreviven
no menos abandonadas que los perros, pero con menos suerte, pues no
logran librarse de la tutela de sus dueños.

Lo mejor que podría suceder es que a los simpáticos y expurgados y bien
bañados y perfumados y bien peinados y vacunados y amaestrados y bien
abrigados y bien comidos y bien paseados y bien encadenados perros de
esta claque de la rancia habanera, les fuera posible albergar a la gente
menesterosa de La Lisa, el Cerro o San Miguel del Padrón, a razón por lo
menos de uno por cabeza.

Pero ya sabemos que para nuestros aristócratas de la izquierda bistec,
los perros no son sino adornos a los que no hay que concederles la
realización de sus legítimos deseos. Con todo y que les importen más que
la gente menesterosa, por no hablar de las Damas de Blanco, que resultan
contraindicadas como adorno.

Pasado el Período Especial, aunque sea sólo para ellos, la izquierda
bistec de La Habana infla velas entonces como defensora de la raza
canina. Pobrecitos los perros.

Tal vez sería oportuno representarnos a estas señoronas y señoritos
(llámense Alicia Alonso, Miguel Barnet u otros huesos que ni el perro se
come) como estampas actualizadas de aquel Cancerbero, el de las tres
cabezas, todas sobre ejes cogotudos y en función de un solo objetivo:
preservar los muros del infierno.

Source: La Habana, vida de perros (Tercera parte, final) | Cubanet -
http://www.cubanet.org/destacados/la-habana-vida-de-perros-tercera-parte-final/

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