Disidencia, Oposición, Exilio
Vender una ilusión
Las visitas de opositores son una oportunidad para el exilio, que al
tiempo que busque una reafirmación necesaria, pueda también encontrar
una transformación imprescindible
Alejandro Armengol, Miami | 15/05/2013 12:25 pm
La relación entre el exilio de Miami y la actual oposición pacífica en
Cuba requiere de un análisis que contenga pero no se limite a la
efectividad dentro de los intentos por lograr un avance de la democracia
en la Isla, o una mejora en los derechos humanos.
Medir el avance de esta oposición —que incluye formas y objetivos
diversos dentro de una actitud general de rechazo al régimen— por los
cambios que, gracias a ella, ha experimentado la sociedad cubana en los
últimos años, es abordar el problema con una visión parcializada.
En primer lugar debido al hecho de que muchos de estos cambios no son
debidos a la oposición sino puestos en práctica en un desarrollo
paralelo a ésta. En segundo porque esta misma oposición, que reclama su
participación para lograr estos cambios, al mismo tiempo los disminuye o
desestima, al catalogarlos de "cosméticos" dentro de una retórica que le
es necesaria para justificar su presencia: admitir que en parte algunas
de sus quejas anteriores ya han sido resueltas —liberación de los
prisioneros de la "Primavera Negra", posibilidad de entrar y salir del
país, eliminación del bloqueo a blogs y sitios en internet, ampliación
del trabajo por cuenta propia y el permiso a la contratación de personal
por empleadores privados en determinadas categorías— se ve como una
erosión al reclamo de una labor en las peores condiciones posibles.
Pero por encima de estos aspectos, hay otro que no por evidente deja de
contener una serie de aristas polémicas al tomarlo en consideración: la
oposición cubana se define no solo en su circunstancia insular sino en
su relación internacional. Para opositores y exiliados la forma más
fácil de resolver esta cuestión es argumentar que, a mayor apoyo
internacional, más pierde en prestigio el régimen castrista; mayor
protección tienen quienes son reprimidos arbitrariamente dentro de la
Isla —ya sea mediante encarcelaciones temporales, actos de repudio y
acoso, entre otros medios— y también aumentan más las posibilidades de
la condena del régimen en los foros internacionales.
Sin embargo, este argumento contiene puntos débiles , que dificultan sea
esgrimido sin la mejor duda, salvo cuando obedece a motivos políticos
elementales.
Por demasiadas décadas, la sustentación de los vínculos económicos del
Gobierno de La Habana está edificada sobre fundamentos que no guardan
relación ni con la democracia ni con los derechos humanos, sino con
factores gubernamentales en donde este factor ocupa un lugar secundario
o no se toma en cuenta.
El régimen de La Habana siempre se ha preocupado por formar alianzas
políticas que le han brindado formidables resultados económicos —primero
con la Unión Soviéticas y el campo socialista y ahora con Venezuela;
vínculos con países que guardan una independencia relativa o total con
la esfera de influencia de Washington —en la actualidad, por ejemplo,
China, Rusia, India e Irán en el polo extremo— y acuerdos con naciones
con las que no comparte afinidades ideológicas ni políticas, pero sí
intereses económicos y de mercado —Canadá y España, para citar solo un
par de los más conocidos e importantes.
El embargo estadounidense puede ostentar un récord de permanencia, pero
poco que alegar en cuanto a efectividad. Luego de su puesta en práctica
—y pese a la demasiado célebre Ley Helms-Burton, décadas después— y tras
los años iniciales en que los países latinoamericanos rompieron sus
vínculos diplomáticos con Cuba —salvo la excepción de México—, la
posibilidad de un aislamiento político y económico mundial, al gobierno
cubano, comenzó a erosionarse.
La también famosa "Posición Común" tiene un relativo valor político,
pero poco peso económico, salvo en lo que se refiere al otorgamiento de
una serie de ayudas de menor monto —en algunos casos obtenidas de toda
forma por el gobierno cubano gracias a acuerdos regionales.
Así que, en última instancia, los logros de la oposición y el exilio en
este terreno se limitan en muchos casos a la obtención de gestos, que
también pueden ser catalogados de cosméticos.
Lo anterior no debe llevar a desconocer u opacar lo que sí constituye el
mayor logro de esa oposición pacífica en la espera internacional, y es
la denuncia de los atropellos que a diario comete el régimen de La
Habana. Aquí sí ha ido en aumento la eficacia opositora —en parte al
aumento de quienes se dedican a esta actividad y en parte gracias a los
avances tecnológicos. La labor de los periodistas independientes, lejos
de disminuir, ha ido ganando en calidad, y gran parte de lo que se
conoce en el exterior que ocurre en la Isla se debe a esta labor de
información y denuncia, a lo que se une la prontitud en la divulgación
de cualquier hecho.
Otro aspecto que siempre sale a relucir cuando se habla de logros y
vínculos entre la oposición pacífica y la esfera internacional es cuánto
hay de conseguido, gracias a un trabajo que se realiza en condiciones
adversas, y cuánto de otorgado por medios externos, en el prestigio
mundial de la oposición interna cubana.
Como en lo fundamental el otorgamiento de la categoría opositora viene
dictado no solo por la labor en sí, sino por lo que determinan La Habana
y Washington, los parámetros para medir la efectividad en muchos casos
son ajenos a una incidencia dentro de la situación en la Isla, y
responden más bien a una repercusión externa.
En este sentido, los opositores pacíficos cubanos luchan frente a dos
enemigos poderosos: la represión y la inercia. Por décadas el régimen ha
propiciado que la desesperanza en la población actúe como un instrumento
ideal para alimentar la fatalidad, el cruzarse de brazos y la espera
ante lo inevitable. El abandono de la Isla convertido en la única
posibilidad de cambio.
Hasta el momento, Raúl Castro ha logrado un difícil equilibrio entre
represión y reforma. Lo ha hecho dilatando la segunda y modificando la
primera sin que pierda su naturaleza de mantener el terror. En la
práctica gobierna de una forma mucho más progresista que su hermano en
lo económico, pero no en lo político. Que ese avance se deba a
circunstancias específicas no disminuye el hecho de que sea real.
Esta situación de transformación limitada en la Isla —con modificaciones
económicas decretadas por un gobierno que en Miami se detesta y rechaza,
pero contra el cual se puede hacer poco— presenta un nuevo problema para
el llamado exilio de "línea dura" de esta ciudad, que por décadas se ha
atribuido la labor de determinar lo puede considerarse "anticastrismo",
tanto en la Isla como en el exterior: ¿cómo responder a una situación
cada vez más alejada de la ideología que la sustentó durante tantos años
y que se sostiene con el apoyo de las circunstancias del momento?, ¿cómo
hacer frente al sainete, que ha resultado tan exitoso como la epopeya?
Ante tal amalgama, en esta ciudad se han improvisado respuestas y
salidas personales. Las visitas recientes de algunos destacados
opositores de la Isla —que han podido viajar gracias a una nueva ley
migratoria promulgada por el mismo régimen que hasta ayer les impedía la
salida temporal— son una oportunidad para el exilio, que al mismo tiempo
que busque una reafirmación necesaria y pueda encontrar —quizá de forma
práctica y sin un plan consciente— una transformación imprescindible.
Lo que viene quedando claro es que solo dos organizaciones dentro del
exilio tienen la capacidad necesaria para transcender la simple función
de consuelo emocional, a la que ha quedado reducida gran parte de la
actividad anticastrista en Miami: el Cuba Study Group y la Fundación
Nacional Cubano Americana. Las demás desempeñan distintos papeles, pero
sin posibilidades para influir de forma notable en el destino cubano. El
Directorio Democrático Cubano es simplemente un grupo de resonancia y
propaganda—como tal casi siempre exagera en sus declaraciones— y
principalmente actúa guiado por limitados fines partidistas a favor de
los legisladores republicanos cubanoamericanos locales en el Congreso en
Washington; el US-Cuba Democracy PAC no se muestra capaz de trascender
su función de cabildeo a favor de una política que encierra su función
en tratar de mantener y reforzar el embargo estadounidense en contra del
Gobierno cubano — y al mismo tiempo justificar el anticastrismo más
reaccionario—; grupos como el Movimiento Democracia y Agenda Cuba se
definen por el simbolismo de sus actividades, así como MAR por Cuba se
caracteriza por —para llamarlo en cubano— buscar el "figurao". Por
último, tras la desaparición del restaurante Ayestarán —sitio de reunión
preferido por los remanentes del "batistato" en Miami— para Unidad
Cubana y otras asociaciones parecidas solo queda la agenda vocinglera en
una emisora radial. Lo demás son grupos de nostalgia más o menos bélica
o comercial, que en algún momento tuvieron alguna significación y ahora
se empecinan en el recuerdo.
Si hasta el momento es difícil valorar la repercusión que tendrán en la
Isla los recorridos de los actuales disidentes de visita en diversos
países, en posible que estos viajes tengan logros meritorios en
conseguir en Miami un mayor acercamiento a la realidad cubana actual.
Aunque existe el peligro de que al final se imponga una actitud
complaciente —e incluso mimética. Entonces todo quedará en una
incorporación de nuevos elementos al viejo ejercicio de vender la
ilusión, que en esta ciudad ha resultado en buenos dividendos económicos
para unos pocos. No hay que afirmar que así será. Tampoco es bueno
desestimar de entrada la tentación de la complacencia.
http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/vender-una-ilusion-284227
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